domingo, 2 de enero de 2011

La Prudencia al Condenar lo Malo

La Prudencia al Condenar lo Malo

El Señor quiere que su pueblo siga otros método que el de condenar lo malo, aun cuando la condenación sea justa.  El quiere que hagamos algo más que lanzar contra nuestros adversarios acusaciones que no hacen sino alejarlos más de la verdad. 

La obra que Cristo vino a hacer en nuestro mundo no consistía en erigir vallas y echar constantemente en cara la gente el hecho de que estaba equivocada.  El que quiere dar la luz a un pueblo engañado debe acercársele y trabajar por él con amor.  Debe llegar a ser u centro de influencia santa.


Al defender la Biblia, debe tratarse con respeto y reverencia a los más acerbos oponentes.  Alguno no responderán a nuestros esfuerzos, sino que se burlarán de la invitación a estudiar la Biblia.  Otros, aun aquellos que nosotros creemos fuera de los límites de  la misericordia de Dios, serán ganados para Cristo. 

Puede ser que la última obra verificada en la controversia sea la iluminación de aquellos que no rechazaron la luz y la evidencia pero estuvieron en las tinieblas de la medianoche y, en su ignorancia, trabajaron contra la verdad.  Por lo tanto, tratemos a cada hombre como sincero.

No digamos ninguna palabra ni realicemos acción alguna que hubiere de confirmar a alguno en la incredulidad.

Si alguno tratare de hacer entrar a los obreros en debate o controversia sobre cuestiones políticas u otras, no presten ellos atención ni a la persuasión ni al desafío.  Llevemos adelante la obra de Dios con firmeza y fortaleza, pero con la mansedumbre de Cristo, y con tanta calma como sea posible. 

No se oiga ninguna jactancia humana.  No se deje ver ninguna señal de suficiencia propia.  Déjese ver que Dios nos ha llamado a manejar cometidos sagrados; prediquemos la palabra, seamos diligentes, sinceros y fervientes.


La influencia de nuestra enseñanza sería diez veces mayor si tuviesemos cuidado de nuestras palabras.  Palabras que debieran tener un sabor de vida para vida pueden recibir, del espíritu que las acompaña, un sabor de muerte para muerte.  Y recordemos que si por nuestro espíritu o nuestras palabras cerramos la puerta, aunque sea a una sola alma, aquella alma nos confrontará en el día del juicio, tendremos que dar cuenta.


Cuando hacemos referencia a los testimonios, no tengámos por deber nuestro hacerlos aceptar.  Al leerlos, cuidemos de no mezclarlos con nuestras palabras; porque esto imposibilita a los oyentes a distinguir entre la palabra que Dios les da y nuestras palabras. Cuidemos de no hacer ofensiva la palabra del Señor.

Anhelamos ver verificarse reformas; y porque no vemos lo que deseamos, demasiado a menudo permitimos que un mal espíritu eche gotas de hiel en nuestro cáliz, y así quedan otros amargados.  Su espíritu queda herido por nuestras malhadadas palabras, y se sienten incitados a la rebelión.


Cada sermón que prediquémos, cada artículo que escribámos, pueden ser ciertos en todo; pero una gota de hiel que haya en ellos será veneno para el oyente o el lector. Por causa de esa gota de veneno, algunos desecharán TODAS nuestras palabras buenas y aceptables y los otros se alimentará del veneno; porque se deleitan en tales palabras duras.  Siguen ese ejemplo de nuestra equivocacion, y hablan como nosotros.  Así se multiplicaria ese error.

 Los que presentan los principios eternos de la verdad necesitan que el aceite santo de los dos olivos se vacíe en su corazón.  Este afluirá en palabras que reformarán sin exasperar.  Se ha de decir la verdad con amor.  Entonces el Señor Jesús suplirá por su Espíritu la fuerza y el poder.  Tal es su obra.

Por . COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

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