jueves, 13 de enero de 2011

“ACERCÁNDONOS AL MILAGRO”

EL MILAGRO DE UNA VIDA EQUILIBRADA (PARTE VII) “ACERCÁNDONOS AL MILAGRO”


(Lucas, 7:36-50)


En una sociedad como la nuestra se ha convertido en un verdadero conflicto ACERCARSE A JESUS. Y mas cuando tenemos iglesias que predican sermones fuera de las normas estándares de una exposición fiel de la salvación de nuestro Señor Jesucristo. Tenemos una gama muy amplia de trampas que pretenden impedirlo. Por un lado esta el SISTEMA RELIGIOSO que ha alterado la sencillez de ese acercamiento por un complicado formulario de dogmas, ritos, ceremonias o tradiciones. Y por otro, tenemos el HUMANISMO con su filosofía centrada únicamente en el hombre y sus recursos. Este sistema “doctrinal” desecha el acercamiento a Dios por el camino que El ha trazado, y escoge el intelecto como base de todas sus búsquedas esenciales. Jesús no es ni religioso ni humanista, sino el centro de la voluntad de Dios para el hombre. Es el equilibrio que necesitamos. Es el milagro que debemos experimentar para poder acceder a una vida estable y dinámica. ¿Por qué? Porque tiene los recursos ilimitados -es Dios- para ello; conoce mejor que nadie el género humano - es Creador-; y ha abierto un camino real -a través de su muerte y resurrección- para acceder al Padre. La gran pregunta, por tanto, es: ¿cómo podemos acercarnos a Jesús?. Para responder sigamos nuestra andadura y estudio numero siete (7) en Lucas.

DOS TIPOS DE ACERCAMIENTO: En Lucas 7:36-50 nos encontramos con dos tipos de personas que representan dos diferentes maneras de conectar con el equilibrio. Veamos las características de cada una de ellas. SIMÓN EL FARISEO. Representa la religión organizada. A personas que se consideran equilibradas y por tanto su actitud es fría, sin entusiasmo, intrascendente. El sistema religioso frena la acción de un quebrantamiento genuino. Adiestra las conciencias para defenderse de la obra que el Espíritu Santo realiza para convencer de pecado. Canaliza el acercamiento a Dios sólo a través de sus fórmulas, dogmas, tradiciones etc. Todo lo que se sale de esos cauces es rechazado de manera mecánica. Los resultados son espantosos: La persona sigue igual, su vida no cambia ni se transforma y sigue adelante en un círculo vicioso de costumbres, hábitos, vanas repeticiones, etc.

“Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col .2: 20-23).

Simón el fariseo escogió este tipo de acercamiento. Muy educado, pero vacío de corazón. Jesús le dijo:

“... Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies... no me diste beso... no ungiste mi cabeza con aceite... aquel a quién se le perdona poco, poco ama” (Lc.7:44-47).

LA MUJER PECADORA. Representa al pueblo llano y sencillo, a los publícanos y pecadores del tiempo de Jesús. Los que son tomados por desequilibrados y “necesitados”, los pobres que necesitan ayuda -como vocifera el humanismo- porque no tienen muchas capacidades ni recursos. ¡Ay! ¡Que autosuficiencia tiene el hombre moderno! ¡Que soberbia elevada a todo lo que da! ¡Que gran dificultad para reconocer la precariedad del ser humano. Pero que gran sabiduría la de aquellos que reconocen su necesidad de Dios. Estos se acercan a Jesús pronto con calor y entusiasmo. Sus corazones se desbordan en gratitud y quebranto porque el Mesías no los rechaza por su condición social; Si no que se deja encontrar por ellos. Los resultados de un acercamiento así son espectaculares: Estas personas reciben una vida equilibrada y en armonía. Son transformados por Dios y devueltos a una vida de utilidad y aprovechamiento. Es el caso de la mujer pecadora de nuestro relato.

“Una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a rogar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume”. Jesús dijo de ella: ". . . Simón. ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa.. . Mas esta ha regado mis pies con lagrimas, y los ha en enjugado con sus cabellos... ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies... ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho... Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado, ve en paz”.

LA ALTERNATIVA PARA NOSOTROS: El pasaje que hemos visto nos enseña grandes verdades sobre el camino y la actitud que debemos tener para venir a Jesús. Sin embargo, ¿cómo podemos nosotros mantener un encuentro real, acertado, en medio de la confusión religiosa, la filosofía humanista y nuestras propias ideas preconcebidas sobre Dios? Muchos se desaniman ante lo que parece ser un imposible; otros desisten del empeño porque no creen que tal experiencia se pueda dar. Pero el testimonio de Dios es posible, fiable y accesible al hombre de nuestro tiempo. La clave está en los depositarios de la fe que ha sido dada por Dios: La iglesia. Una iglesia donde Jesús es el Señor, levantado y visto para que pueda -El mismo- atraer a todos a si mismo (Jn.12:32). Una iglesia que no manipula la sinceridad del creyente para provecho propio: poder, dominio, proyección y enriquecimiento. Una iglesia donde Jesús está dentro y no fuera de ella (Ap. .3:2). Una iglesia dirigida por el Espíritu Santo, llena de la palabra de verdad, de la vida de Dios y de su gloria. Una iglesia con líderes ungidos, llamados y levantados por Dios que menguan y exaltan a Jesucristo. ¿Existe esa iglesia? ¿Dónde está? En el cielo.

“Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando; sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”

(Heb.12:18-24). Y el Señor la está edificando en la tierra (Mt. 16:18). La perfecta está en el cielo, la imperfecta en la tierra. La clave para el creyente es conectar con la iglesia espiritual, la gran nube de testigos que nos han precedido en la fe, y poner los ojos en Jesús, como autor y consumador de nuestra fe (Heb.12:1-2). Esta verdad no excluye la realidad de una iglesia gloriosa en la tierra, a la que debemos pertenecer y con la que debemos armonizar; sino que muestra el desafío de integrarnos en la congregación a la que pertenecemos, a pesar de todas las dificultades que encontremos.

La iglesia celestial la descubrimos en las Escrituras y desde allí nos muestra el camino a Jesús. Esta opción está disponible a través del acercamiento sincero y de fe a la Palabra de Dios. Lo que estoy diciendo es lo que yo mismo he experimentado en los primeros meses de mi conversión. Busqué a Dios personalmente, desde los impulsos y las intuiciones de mi corazón, a través del Nuevo Testamento. Luego vino la necesidad de conectar con la iglesia que podía ver y donde me podía congregar e integrar. La iglesia de Dios vive en el cielo y en la tierra y necesitamos a las dos porque es la misma. La vida cristiana no es ser miembro nominal de tina iglesia local. La necesidad que tiene el hombre no es de una catedral o un edificio de piedra, sino de estar unido a Cristo. Y esa unión tiene la consecuencia práctica de necesitar la congregación local como parte esencial de pertenecer a Jesús. Este aparente embrollo se resuelve así: Jesús es nuestra necesidad y debemos acercarnos a él personalmente o a través de una iglesia viva, pero siempre debemos saber que una vez que venimos a Jesús, quedamos unidos también con su cuerpo, que es la iglesia. El desequilibrio está en depender continuamente de líderes carismáticos o pastores descalificados y no aprender a volar por nosotros mismos hasta el Trono de la gracia. También es desequilibrio creer que puede vivir la vida cristiana sin la necesidad de todo el cuerpo de Cristo. Andrés vino a Jesús a través de Juan el Bautista. Pedro fue traído por su hermano Andrés a conocer al Maestro, pero todos ellos ya habían sido predestinados por Dios y apartados como apóstoles. Esta combinación humana y sobrenatural es uno de los grandes misterios de la vida cristiana.

“Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)” (Juan, 1:40-42).

La mujer samaritana fue el canal por el cual muchos de su pueblo creyeron en Jesús, pero llegó el momento cuando su fe creció hasta el punto de no depender de la intervención de aquella mujer, sino que se sostuvo por el mismo Señor.

“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan, 4:28-42).

“Continuará mañana”


La gracia sea con Usted.-


Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

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