domingo, 1 de enero de 2012

LA DIFICIL TAREA DE GUARDAR EL CORAZON

 Cuando mencionamos el nombre de Juan Bunyan, muchos piensan de inmediato en su famosa obra “El Progreso del Peregrino”. Y no sin razón. Este es uno de los libros más leídos después de la Biblia y un verdadero tesoro espiritual que parece no agotarse nunca. Pero Bunyan escribió muchas otras obras, incluyendo otra alegoría con una riqueza similar a la anterior, titulada “La Guerra Santa”, donde describe con un simbolismo sumamente gráfico la guerra espiritual entre Cristo y Satanás por la ciudad de “Alma Humana”.

En medio de aquella ciudad, según la descripción de Bunyan en el Prólogo de la obra, había “un palacio muy célebre y majestuoso (‘el corazón’, el asiento de nuestra personalidad, nuestro ser interior). Por su capacidad de resistencia, podía ser llamado un castillo; por lo placentero que era, un paraíso; por su tamaño, un lugar tan inmenso que podía contener todo el mundo. Este lugar el Rey Shaddai lo dispuso para sí, y para nadie más que para sí; en parte por lo placentero que era el lugar mismo, y en parte porque no quería que el terror de los extraños cayera sobre la ciudad (lo que controla el corazón, controla toda nuestra vida). De este lugar hizo también Shaddai el cuartel de guarnición, pero encomendó su cuidado sólo a los hombres de la ciudad” (La Guerra Santa; pg. 13-14).

Dios diseñó el alma humana para ser Su habitación, el lugar donde Él habría de reinar como el Soberano. Y así fue al principio, hasta la caída de nuestros primeros padres. En ese momento Alma Humana decidió jurar por otra bandera y ponerse bajo las órdenes de otro monarca, quedando así vacía de Dios y profundamente afectada en todas sus facultades: el intelecto, la voluntad, las emociones. Ese vacío de Dios hace que el hombre se sienta insatisfecho, y esa insatisfacción lo coloca en una posición sumamente peligrosa, porque tratando de llenar el vacío cae en la idolatría.

La idolatría no es otra cosa que el alma humana buscando satisfacer sus anhelos en todo aquello que no puede satisfacerle. Como bien escribió Agustín de Hipona al inicio de sus Confesiones: “Porque nos has hecho para ti… nuestro corazón anda siempre desasosegado hasta que se aquiete y descanse en ti”. Por eso la idolatría destruye a sus adoradores, porque no importa con qué tratemos de llenar el vacío del alma (bienes, fama, placeres, relaciones humanas de cualquier tipo), ninguna de esas cosas puede sustituir a Dios, que es lo que el alma realmente necesita.

¿Cómo puede repararse, entonces, el daño tan profundo que la caída ha producido en nosotros? El Espíritu Santo tiene que regenerarnos, impartir en nosotros una nueva vida espiritual, por medio de la cual somos capacitados para ejercer fe en la Persona y la obra de Cristo y entregarnos por entero a Él. Y a partir de ese momento, al igual que con cualquier otra entidad viviente, esta nueva vida que el Espíritu imparte en la regeneración debe comenzar a ser nutrida para desarrollarse y crecer.

Así se inicia un proceso de santificación que dura toda la vida y cuya meta es conformarnos cada día más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo. Pero como el pecado todavía mora en nosotros y nos seduce, ese proceso de santificación y crecimiento espiritual no será sin lucha. Aunque la simiente de gracia fue implantada en nuestras almas, todavía queda mucha hierba mala que cortar diariamente: motivos y pensamientos pecaminosos, las seducciones del mundo, la apatía espiritual.

Así como toma tiempo mantener un jardín hermoso y en buen estado, así también toma tiempo, esfuerzo y energía, guardar el corazón. Pero aun así, esta tarea no es opcional para el creyente. Dice en Pr. 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”.

Todos tenemos pertenencias que debemos cuidar, cosas valiosas que debemos proteger; pero de todas ellas, ninguna es más importante que el corazón. Por eso debemos guardarlo y protegerlo con más esmero que cualquier otra cosa en el mundo. ¿Sabes por qué? Porque lo que domina tu corazón domina tu vida entera. El verdadero estado de tu vida espiritual lo determina el estado de tu corazón.

Siguiendo de cerca la introducción de Maureen Bradley a la obra titulada “Guardando el Corazón” del ministro puritano John Flavel, quiero que meditemos en las enseñanzas de este texto de Pr. 4:23.

LA PRIMACIA DE LA MENTE EN EL CUIDADO DEL CORAZON:

Por razones obvias la mente juega un papel de primera importancia en el cuidado del corazón. Ahora bien, cuando hablamos de la “mente” en el sentido bíblico, no nos referimos al cerebro, sino más bien a esa facultad del alma por medio de la cual tenemos entendimiento de las cosas. En la mente procesamos la información que recibimos, luego esa información mueve nuestros afectos, y entonces la voluntad es llevada a tomar una decisión, un curso de acción.

Por eso es tan importante el alimento que le damos a la mente. Si te expones continuamente, y sin un juicio crítico, a las mentiras y engaños que el mundo promueve, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación, estás dejando que manipulen tu panel de control. No se puede guardar el corazón sin guardar la mente.

Pablo dice en Rom. 12:2 que en el proceso de transformación en que se encuentran los cristianos, la mente ocupa un lugar de suprema importancia (comp. Rom. 12:2). El mundo quiere que nos amoldemos a él, y para eso tratará de llenar nuestras mentes con información equivocada, para alcanzar luego nuestros afectos. Y cuando lleguen allí ya nos tienen controlados.

Como bien ha dicho Maureen Bradley, “aunque a menudo hay miles de millas de distancia desde nuestras mentes a nuestros corazones… hay sólo unos pasos cortos desde nuestros afectos a nuestra obediencia” (pg. vii).

Pero no debemos quedarnos en el aspecto negativo. Así como debemos tener una vigilancia crítica sobre lo que permitimos penetrar en nuestras mentes, así también debemos saciarnos continuamente de las verdades de Dios reveladas en Su Palabra. Esa Palabra debe llenar nuestra mente y corazón (Col. 3:16).

El cristiano debe mantenerse en estado de alerta protegiendo su mente, porque la mente tiene primacía en el cuidado del corazón. Pero esa tarea de vigilancia no resulta y fácil y placentera.

LAS DIFICULTADES QUE TENEMOS QUE VENCER PARA GUARDAR EL CORAZON:

Para poder guardar el corazón debemos examinarlo con objetiva sinceridad delante de Dios. El buen cristiano conoce su Biblia y conoce su corazón. Pero así como encontramos dificultades para estudiar las Escrituras, así también el creyente se enfrenta con algunos obstáculos para estudiar su propio corazón. He aquí algunos de los más comunes.

El Factor Tiempo:

Tenemos tantas cosas delante de nuestros ojos que llaman nuestra atención, que se nos hace difícil detenernos a considerar algo que pertenece al mundo de lo intangible. Hay cuentas que pagar, personas que visitar, negocios que hacer, necesidades que cubrir. Esas cosas nos parecen tan reales que nos sentimos tentados a considerar todo lo demás como una pérdida de tiempo.

Alguien dirá: “Y ¿qué tiempo tengo yo disponible para sentarme tranquilo a examinar mi corazón?” Esto es un asunto de prioridades. Cuando decimos que no tenemos tiempo para hacer algo, lo que estamos diciendo en realidad es que no lo consideramos como algo tan importante como para buscarle un espacio en nuestra agenda. ¿Cuáles son las cosas que estamos colocando en nuestra lista de prioridades en el lugar de las cosas realmente importantes? Eso no es difícil de responder: Dime a qué le estas dedicando tu tiempo. No es lo que digas con tu boca, es lo que haces cada día con el tiempo que tienes a tu disposición.

“Es que yo no soy una persona contemplativa; soy más bien una persona de acción”. Este es un asunto de prioridad no de personalidad. En Lc. 10:38-42 se narra la historia de dos hermanas, Marta y María. Mientras Marta afanaba con los quehaceres de la casa, María estaba sentada a los pies de Cristo escuchando sus enseñanzas. Cuando Marta se quejó de que su hermana le dejara todo el servicio a ella, Jesús le respondió que María había escogido la mejor parte. Es un asunto de elección no de temperamento. Si eres como Marta es porque has escogido ser como Marta; y si eso es lo que has escogido es porque lo consideras como lo más importante.

Pero nada puede ser más importante para ti como cristiano que guardar tu corazón, y eso toma tiempo. Toma tiempo examinarte a ti mismo, pasar juicio sobre tus acciones y motivaciones, preguntarte qué es lo que realmente amas; toma tiempo desarrollar una buena y profunda comunión con Dios.

El Factor Culpa:

Muchos prefieren no detenerse a hurgar en sus corazones porque sospechan que no les gustará lo que van a encontrar allí. Por eso le temen al deber del auto examen como el comerciante deshonesto le teme a las auditorías. Pero ¿cómo podremos avanzar en nuestras vidas cristianas y en nuestra relación con Dios si desconocemos o prestamos poca atención a los peligros que ponen en riesgo nuestra salud espiritual?

Una de las grandes bendiciones de vivir en estos tiempos modernos en lo que a salud se refiere, es el avance en materia de diagnósticos. Ahora se cuenta con análisis y equipos sumamente sofisticados que permiten a los médicos darnos un diagnóstico con un alto grado de precisión. Sin embargo, hay personas que prefieren no enterarse de lo que tienen. Prefieren que no le revisen mucho sus órganos no vaya a ser que encuentren algo. Pero, es mejor tener ahora la mala noticia, a que nos descubran la enfermedad cuando no haya nada que hacer. Si dan a tiempo con el problema es posible que haya solución para nuestro mal.

Pero a estos dos factores que hemos mencionado ya, debemos añadirle también el factor silencio y soledad.

El Factor Silencio y Soledad:

Para examinar el corazón necesitamos estar a solas con nosotros mismos delante de Dios y silencio para pensar; y muchos se resisten tanto a una cosa como a la otra. Vivimos en una sociedad que nos condiciona desde niños a rechazar el silencio y la soledad. Pero si queremos obedecer lo que Dios ordena en Pr. 4:23 tendremos que sobre ponernos a estos factores y dedicarnos a este sagrado deber en dependencia del Espíritu de Dios. Tenemos que guardar el corazón, porque Dios no acepta ninguna cosa de nuestras manos si no llevamos con ella nuestro corazón (comp. Mr. 7:6-7).

Para concluir, sólo quiero traer unas breves palabras de advertencia.

UNA ADVERTENCIA QUE DEBEMOS TOMAR EN CUENTA EN EL CUIDADO DE NUESTRO CORAZON:

Así como corre un gran peligro aquel que profesa ser cristiano pero al mismo tiempo está evadiendo el cuidado de su corazón, así también corre peligro el que se dedica a este deber con una motivación errada. Esta persona puede caer fácilmente en el engaño del legalista que supone que por hacer lo correcto ganará aceptación delante de Dios. Pero la relación que tenemos con Dios es una relación de gracia y depende enteramente de los méritos de Cristo, no de los nuestros. Por lo que Cristo hizo por nosotros, por el amor con que nos amó, debemos cuidar diligentemente nuestra relación con Él, y mantenerle en nuestros corazones una morada confortable, como dice Pablo en Ef. 3:17.

Pero eso no nos gana mérito alguno en presencia de Dios. Es únicamente por la aplicación poderosa y eficaz de la obra redentora de Cristo en nuestros corazones que hoy disfrutamos de todas las bendiciones que recibimos diariamente de la mano de Dios. Y todo eso debe producir en nosotros gratitud, devoción, un amor cada vez más celoso y ferviente por nuestro bendito Redentor, de tal manera que nos sintamos compelidos a guardar el corazón, ese castillo que el Rey Shaddai dispuso para Sí, y para nadie más que para Sí.


Por COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

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