martes, 27 de julio de 2010

APROPIATE DE LA JUSTICIA DE CRISTO


Los que creen plenamente en la justicia de Cristo, y lo contemplan con una fe viva, conocen al Espíritu de Cristo y son conocidos por Cristo. La fe sencilla capacita al creyente a considerarse verdaderamente muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Por gracia somos salvos por medio de nuestra fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios. Si tratáramos de exponer estas preciosas promesas a los sabios según el mundo, ellos no harían sino ridiculizarnos; porque "el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1 Cor. 2: 14).

Cuando Jesús estaba por ascender al cielo, dijo a sus discípulos: "Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que este con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros" (Juan 14: 16, 17). Dijo además: "El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él" (vers. 21).

Hay muchos que encuentran satisfacción en identificarse con falsas doctrinas, para que no haya perturbación o diferencia entre ellos y el mundo; pero los hijos de Dios deben dar testimonio de la verdad, no sólo por medio de la pluma y la voz sino mediante el espíritu y el carácter. Nuestro Salvador declara que el mundo no puede recibir el espíritu de verdad. Ellos no pueden discernir la verdad, porque no disciernen a Cristo, el Autor de la verdad. Discípulos tibios, profesores insensibles, que no están imbuidos del Espíritu de Cristo, no son capaces de discernir la preciosidad de su justicia, sino que procuran establecer su propia justicia.

El mundo busca las cosas del mundo: negocios, honor mundanal, ostentación, gratificación egoísta. Cristo trata de romper este hechizo que mantiene a los hombres alejados de El. Trata de llamar la atención de los hombres al mundo venidero, que Satanás se las ha ingeniado para eclipsar con su propia sombra. Cristo pone el mundo eterno al alcance de la vista de los hombres, presenta sus atractivos delante de ellos, les dice que ha de preparar mansiones para ellos, y que vendrá otra vez y los tomará a sí mismo. Es el propósito de Satanás llenar de tal manera la mente con amor desordenado por las cosas sensuales que el amor de Dios y el anhelo del cielo sean expulsados del corazón. . .

Llamados a ser mayordomos fieles

Dios llama a quienes ha confiado sus bienes a desempeñarse como mayordomos fieles. El Señor desearía que todas las cosas de interés temporal ocupasen un lugar secundario en nuestro corazón y nuestros pensamientos; pero Satanás quiere que los asuntos terrenales tomen el primer lugar en nuestras vidas. El Señor quisiera que aprobáramos las cosas que son excelentes. El nos muestra el conflicto en el cual tenemos que participar, revela el carácter y el plan de la redención. Expone delante de ustedes los peligros que enfrentarán, el renunciamiento que se requerirá, y los insta a medir el costo, asegurándoles que si se comprometen celosamente en el conflicto, el poder divino se combinará con el esfuerzo humano.

La lucha del cristiano no es una lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El cristiano tiene que lidiar con fuerzas sobrenaturales, pero no es dejado sólo para enfrentar el conflicto. El Salvador es el capitán de su salvación, y con El puede el hombre ser más que vencedor.

El Redentor del mundo no quiere que el hombre ignore los ardides de Satanás. La vasta confederación del mal está alineada en contra de los que podrían vencer; pero Cristo quiere que dirijamos la mirada hacia las cosas que no se ven, a los ejércitos del cielo que acampan alrededor de los que aman a Dios, para librarlos. Los ángeles del cielo están interesados en el hombre. El poder de la Omnipotencia está al servicio de los que confían en Dios. El Padre acepta la justicia de Cristo en favor de sus seguidores, y éstos están rodeados con la luz y la santidad que Satanás no puede penetrar. La voz del Capitán de nuestra salvación habla a sus seguidores, diciendo:

"'Confiad, yo he vencido al mundo'. Yo soy vuestro amparo; avanzad hacia la victoria".
La cruz del Calvario

Mediante Cristo, se dan al hombre tanto restauración como reconciliación. El abismo abierto por el pecado ha sido salvado por la cruz del Calvario. Un rescate pleno y completo ha sido pagado por Jesús en virtud del cual el pecador es perdonado y es mantenida la justicia de la ley. Todos los que creen que Cristo es el sacrificio expiatorio pueden ir y recibir el perdón de sus pecados, pues mediante los méritos de Cristo se ha abierto la comunicación entre Dios y el hombre. Dios puede aceptarme como su hijo y yo puedo tener derecho a El y puedo regocijarme en El como en mi Padre amante.

Debemos centralizar nuestras esperanzas del cielo únicamente en Cristo, pues El es nuestro Sustituto y Garante. Hemos transgredido la ley de Dios, y por las obras de la ley ninguna carne será justificada. Los mejores esfuerzos que pueda hacer el hombre con su propio poder son inútiles para responder ante la ley santa y justa que ha transgredido, pero mediante la fe en Cristo puede demandar la justicia del Hijo de Dios como plenamente suficiente.

Cristo satisfizo las demandas de la ley en su naturaleza humana. Llevó la maldición de la ley en lugar del pecador, hizo expiación por él, a fin de que "todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". La fe genuina se apropia de la justicia de Cristo y el pecador es hecho vencedor con Cristo, pues se lo hace participante de la naturaleza divina, y así se combinan la divinidad y la humanidad.

El que está intentando alcanzar el cielo por sus propias obras al guardar la ley, está intentando un imposible. El hombre no puede ser salvado sin la obediencia, pero sus obras no deben ser propias. Cristo debe efectuar en él tanto el querer como el hacer la buena voluntad de Dios. Si el hombre pudiera salvarse por sus propias obras, podría tener algo en sí mismo por lo cual regocijarse.

El esfuerzo que el hombre pueda hacer con su propia fuerza para obtener la salvación está representado por la ofrenda de Caín. Todo lo que el hombre pueda hacer sin Cristo está contaminado con egoísmo y pecado, pero lo que se efectúa mediante la fe es aceptable ante Dios.

El alma hace progresos cuando procuramos ganar el cielo mediante los méritos de Cristo. "Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe", podemos proseguir de fortaleza en fortaleza, de victoria en victoria, pues mediante Cristo la gracia de Dios ha obrado nuestra completa salvación.

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