sábado, 25 de septiembre de 2010

LA IGLESIA PRIMITIVA (BIBLIOGRAFIA USADA PARA LAS 15 ENTRADAS)

Bibliografía

Fuentes documentales

The Ante-Nicene Fathers. Traducido y editado por Alexander y James Donaldson (10 t.). New York: Charles Scribner's Sons, 1885-1887. Reimpreso en Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1981. Contiene traducciones de los escritos de los padres de la iglesia hasta el año 325 d. C.

• Ayer, Joseph Cullen. A Source Book for Ancient Church History. New York: Charles Scribner's Sons, 1930. Una colección muy útil de extractos clasificados de antiguas fuentes documentales de historia de la iglesia, con notas e índice.

Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. Buenos Aires: Editorial Nova, 1950. Eusebio, uno de los primeros historiadores de la iglesia, narra los eventos ocurridos hasta el siglo IV, incluyendo copias de documentos que no se encuentran en ninguna otra fuente.

• Filón de Alejandría. Obras completas (5 t.). Traducción, José M. Treviño, catedrático de la Universidad Nacional de la Plata, Argentina. Buenos Aires: Acervo Cultural Editores (2.055 pp.). Filón (20 d. C.-c. 54 d. C.) se destacó en la comunidad judía (casi un millón) de Alejandría como un exégeta del AT y erudito en filosofía griega, especialmente de Platón y Aristóteles. Obras importantes para conocer el concepto judío del mundo, el 70 pensamiento griego y el ambiente en el cual se desarrolló el cristianismo en los primeros años.

• Huber, Sigfrido. Los padres apostólicos. Buenos Aires: Ediciones Desclée, de Brouwer, 1949.Una versión crítica del original griego, traducida Cuidadosamente al castellano.

Josefo, Flavio. Obras completas. Traducción, Dr. Luis Farré. Buenos Aires: Acervo Cultural Editores, 1961. Ver t. V, pp. 95-97.

• Plinio el joven. Obras completas.

• Schaff, Philip. The Creeds of Christendom. New York: Harper and Row, 1887; reimpreso en Grand Rapids: Baker Book House, 1977. Una valiosa colección de los símbolos y credos griegos, latinos y protestantes.

• Shotwell, James T., y Loomis, Luisa Ropes. The See of Peter. New York: Columbia University Press, 1927. Una valiosa colección de todas las declaraciones documentales referentes a la teoría de que Pedro fundó la iglesia de Roma.

• Stevenson, James, editor. Creeds, Councils, and Controversies. Londres: SPCK, 1966. Esta obra contiene una edición revisada de la famosa colección de documentos relacionados con la historia de la iglesia en los primeros siglos, publicada antes por B. J. Kidd. Se trata de fuentes primarias.

• Suetonio, Cayo Tranquilo. Los doce Césares. Traducción, Jaime Arnal. Buenos Aires: Librería el Ateneo, 1951. Presenta el punto de vista de un autor favorable al senado romano. Obra escrita alrededor del año 120 d. C.

• Tácito, Cayo Cornelio. Los anales. Traducción, Carlos Coloma (2 t.). Espasa Calpe Argentina, S. A., Buenos Aires-México. Valiosa obra documental escrita alrededor del año 100 d. C. Desafortunadamente le faltan valiosas porciones.

Obras de especialistas

• Brown, Raymond E.; Donfield, Karl P.; Reumann, John, editores. Peter in the New Testament.

• New York: Paulist Press, 1973. El resumen de un cuidadoso estudio realizado por varios eruditos luteranos y católicos acerca del apóstol Pedro en el Nuevo Testamento.

• Brucc, Frederick F. The Spreading Flame. Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1958. Contiene una historia cuidadosa de la iglesia cristiana en sus primeros siglos.

• Cádiz, Luis M. de. Historia de la literatura patrística. Buenos Aires: Editorial Nova, 1954 (600 pp.).

• Carrington, Philip. The Early Christian Church (2 t.). Cambridge: Cambridge University Press, 1957. Se trata de una obra seria que narra las vicisitudes y victorias del cristianismo en los tres primeros siglos de la era cristiana.

• Eliade, Mircea. A History of Religious Ideas. T. 2: From the Gautama Buddha to the Triumph of Christianity. Chicago: University of Chicago Press, 1984. Si bien es una historia general de las ideas religiosas del mundo, trata con detenimiento la diseminación del cristianismo en el mundo del Mediterráneo. Eliade es especialista en filosofía de la religión, hecho que se refleja claramente en su libro.

• Erhard, Albert y Neuss, Withem. Historia de la iglesia (4 t.). Madrid: Rial, 1962. En los dos primeros tomos se tratan la iglesia primitiva y las iglesias griega y latina, respectivamente.

• Ferguson, John. The Religions of the Roman Empire. Londres: Thames and Hudson, 1970. Esta obra describe las diferentes religiones que coexistían en el Imperio Romano en el primer siglo de la era cristiana.

• Fliche, Agustín y Martín, Víctor. Historia de la iglesia. T. 1: La iglesia primitiva; t. 2: Desde fines del siglo II hasta la paz de Constantino. Escritos por Jules Libreton y Jacques Zeiller. Buenos Aires: Desclée, de Brouwer, 1952. Los dos tomos presentan una historia detallada de la historia del cristianismo hasta principios del siglo IV.

• Foakcs-Jackson, F. J., y Lake, Kirsopp. The Beginnings of Christianity. Part 1: The Acts of the Apostles (5 t.). Londres: Macmillan, 1920-1933; reimpreso en Grand Rapids: Baker Book House, 1979. Un erudito examen del cristianismo primitivo basado en el libro de los Hechos.

• Glover, T. R. El mundo antiguo. Traducción, Alberto Sond. Buenos Aires: EUDEBA, 1965 71 (391 pp.). El autor fue un prestigioso profesor de Historia Antigua en la Universidad de Cambridge. Recomendamos el cap. XV, "La iglesia cristiana en el Imperio Romano". 

• González, Justo L. Historia del pensamiento cristiano. Buenos Aires: Methopress. T. 1 (397 pp.) abarca la historia del pensamiento cristiano dentro del mundo judío y grecorromano hasta el Concilio de Calcedonia en 451 d. C. Tiene un aparato crítico e índice alfabético de las personas mencionadas. El t. 2 (385 pp.) analiza a Agustín de Hipona, continúa con la Edad Media y concluye con los prerreformadores Wyclef y Hus, a mediados del siglo XV d. C.

• Goodspeed, Edgar J. A History of Early Christian Literature. Ed. revisada y aumentada por Roberto M. Grant. Chicago: University of Chicago Press, 1966. La historia de la iglesia basada en documentos de ese período; va desde el Nuevo Testamento hasta Eusebio de Cesarea.

• Harrison, Everett F. The Apostolic Church. Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1985. Como lo expresa el título, se narra el progreso del cristianismo únicamente durante el período apostólico.

• Harrison, R. K., editor. Major Cities of the Biblical World. Nashville: Thomas Nelson, 1985. Se describen ciudades como Antioquía, Atenas, Cesarea, Corinto, Jerusalén, Filipos y Roma.

• Latourette, Kenneth Scott. A History of the Expansion of Christianity (7 t.). New York: Harper and Row, 1944, reimpreso en Grand Rapids: Zondervan, 1970. Se trata la expansión del cristianismo desde el punto de vista misionero. El primer tomo llega hasta el siglo V d. C. 

• Llorca, Bernardino. Nueva visión de la historia del cristianismo (2 t.). Barcelona: Editorial Labor, 1956. En ambos tomos se tratan en síntesis independientes: la iglesia, las herejías, los concilios, el dogma, la patrología, la arqueología, la liturgia, el monacato y las misiones, desde los principios hasta nuestros días.

• Markus, R. A. Christianity in the Roman World. Londres: Thames and Hudson, 1974. Una interesante, pero seria descripción de lo que significaba ser cristiano en el mundo romano de los primeros tres siglos.

• Meeks, Wayne. The First Urban Chritians: The Social World of the Apostle Paul. New Haven, Connecticut: Yale University Press, 1983. Se describe la sociedad, las ciudades y la religión en el Imperio Romano en tiempos del apóstol Pablo. Una obra reconocida por su cuidadosa interpretación social de ese período.

• Nueva Historia de la Iglesia (5 t.). Madrid: Editorial Cristiandad, 1964. Los dos primeros volúmenes se refieren a la iglesia primitiva.

• Pelikan, Jaroslav. The Christian Tradition: A History of the Development of Doctrine. T 1: The Emergence of the Catholic Tradition. Chicago: University of Chicago, 1971. Se trata el desarrollo de la doctrina cristiana desde el año 100 hasta el 600 d. C.

• Quasten, J. Hasta el Concilio de Nicea. 2.ª ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, sin fecha. Se refiere a la patrología hasta el Concilio de Nicea, en el año 325 d. C.

Ramsay, William Mitchell. The Church in the Roman Empire Before A. D. 170. New York: G. P. Putnam's Sons, 1893; reimpreso en Grand Rapids: Baker Book House, 1979. Un experto en la vida de Pablo presenta el ambiente romano de la iglesia y los efectos recíprocos entre ese ambiente y la iglesia.

• Sanders, E. P., editor. Jewish and Christian Self Definition. T. 1: The Shaping of Christianity in the Second and Third Centuries. Londres: SCM, 1980. Esta obra estudia cuidadosamente el período cuando la iglesia fue tomando conciencia de su real identidad. Se usan fuentes primarias como base de la investigación.

• Schaff, Philip. History of the Christian Church (7 t.). New York: Charles Scribner's Sons, 1882-1910; reimpreso en Grand Rapids: Kregel, sin fecha. Una excelente historia eclesiástica; los dos primeros tomos tratan el período de la iglesia apostólica y subapostólica.

• Schmaus, Michael; Grillmeier, Alois; Scheffczyk, Leo. Historia de los dogmas (4 t.). Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1974-1978. Describiendo el desarrollo de las doctrinas de la iglesia, el t. 1 trata la historia del dogma de la existencia en la fe; el t. 2 habla del Dios trino, de la creación y del pecado; el t. 3 estudia cristología, soteriología, eclesiología, mariología y doctrina de la gracia; el t. 4 se dedica a sacramentos y escatología. 

• Schürer, Emil. History of the Jewish People in the Time of Jesús Christ. Ed. inglesa revisada (5 t.). Edinburgo: 'I'. and T. Clark, 1973-1987. Basada en la obra de Schürer de fines del siglo pasado. Su forma revisada es una mina de información acerca de los judíos y romanos del primer siglo. Seeberg, Reinhoid. Manual de historia de las doctrinas. 2.ª ed. (2 t.). Traducción, José Míguez Bonino. Casa Bautista de Publicaciones, 1967. El t. 1 (401 pp.) presenta el desarrollo de la doctrina cristiana del siglo 1 al IV; el t. 2 (470 pp.) abarca los siglos VII al XIX. Expone en forma ordenada ay correcta las doctrinas de los grandes pensadores y grupos cristianos; pero se reserva sus propias conclusiones.

• Simon, Marcel y Benoit, André. El judaísmo y el cristianismo antiguo. T. 10 de la colección "Nueva Clío" (45 t.). Barcelona: Editorial Labor, 1972 (305 pp.). Simón es profesor en la Facultad de Letras y Ciencias humanas de la Universidad de Estrasburgo, y Benoit es profesor de teología protestante en la misma Universidad.

• Yamauchi, Edwin M. The Archeology of New Testament Cities in Western Asia Minor. Grand Rapids: Baker Book House, 1980. Si bien el autor enfoca la descripción de las ciudades desde un punto de vista arqueológico, la información contenida es valiosa para comprender mejor algunos aspectos del Nuevo Testamento.

Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

viernes, 24 de septiembre de 2010

La Iglesia Primitiva P14 y P15


XIV. El impacto de la tradición sobre la iglesia

Los apóstoles y la tradición.-

La palabra "tradición" (Griego. parádosis) en sí misma no tiene un mal significado.  Parádosis significa "transmisión", "entrega".  Pablo aconsejaba a los creyentes de Tesalónica a retener "la doctrina [Griego. parádosis] que habéis aprendido" (2 Tes. 2: 15), y les advertía que no tuvieran comunión con cualquiera que no anduviera "según la enseñanza [Griego. parádosis que recibisteis de nosotros" (cap. 3: 6). 

Pablo expresó estos conceptos porque es evidente que algunos se habían presentado a los tesalonicenses con una carta que decían que era de Pablo, acerca del inminente advenimiento de Cristo (cap. 2: 2).  Las "tradiciones" que Pablo mantenía como dignas de confianza eran sus propias enseñanzas orales por las cuales los tesalonicenses debían probar cualquier supuesto mensaje suyo, usando también las cartas que verdaderamente eran de él.

Pero Pablo advirtió a los creyentes de Colosas que no se dejaran engañar "por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo" (Col. 2: 8).  Pedro recordó a los que se habían convertido a Cristo mediante su ministerio, que estaban salvados por el poder de Cristo de la "vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres" [Griego. "recibir como tradición de padres"].

Más clara es aún la condenación que hace Cristo de la tradición.  Cuando le preguntaron por qué permitía que sus discípulos quebrantaran "la tradición de los ancianos" (Mat. 15: 2), él colocó la autoridad de la ley de Dios por encima de la tradición y mostró que la tradición de los judíos los había llevado a quebrantar los mandamientos de Dios (vers. 3-6). 

Citó a Isaías (cap. 29: 13, tal como se conserva hasta hoy en la LXX) como si hablara en nombre de Dios: "En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres" (Mat. 15: 9); y pronunció esta  sentencia: "Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada" (Mat. 15: 13).

Estableció claramente que las Escrituras "dan testimonio" de él (Juan 5: 39) y usó los escritos del Antiguo Testamento para confirmar su mesianismo cuando habló con sus discípulos después de su resurrección (Luc. 24: 27, 44).  Pablo entendía que las Escrituras son suficientes para la salvación y para la edificación del cristiano (2 Tim. 3: 15-17).  Juan amonesta duramente a cualquiera que intentara añadir o suprimir a las palabras del libro del Apocalipsis, que le fue dado por inspiración (Apoc. 22: 18-19).

Las Escrituras fueron subordinadas.-

No cabe duda de que el mal uso que los judíos dieron a las Escrituras cuando se opusieron al cristianismo, y el que le dieron los falsos profetas dentro de la iglesia, los herejes, y especialmente los gnósticos, debilitó un poco la fe de los cristianos en la autoridad de las Escrituras.  Tertuliano escribió a comienzos del siglo III que las Escrituras no son suficientes para hacer frente a los ataques de los herejes, porque los mismos herejes usan las Escrituras como fundamento de sus opiniones (De Praescriptione Haereticorum 14, 19). 

Ireneo, obispo de las Galias, escribió su notable obra Contra herejías alrededor del año 185 d. C.; en ella hace frente al mismo problema que Tertuliano enfrentó unos pocos años después.  Como ya se destacó, Ireneo estableció el principio de que la verdad del cristianismo se debe encontrar en las iglesias fundadas por los apóstoles, los cuales transmitieron la verdad a los obispos, los sucesores de los apóstoles según la opinión de Ireneo.  Para él esa verdad "transmitida" era la tradición, e insistía que ésta debía ser una norma de verdad puesto que los herejes usaban las Escrituras (Contra herejías iii. 1-4).  Tertuliano presenta la máxima defensa posible en favor de la tradición en su obra De Corona  3, 4):

"Averigüemos, por lo tanto, si la tradición no debe ser aceptada a menos que esté escrita.  Ciertamente diremos que no debe ser aceptada si no hay casos de otras prácticas registradas anteriormente que, sin ningún instrumento escrito, mantenemos sólo sobre la base de la tradición, y en adelante el apoyo de la costumbre nos proporcione algún  precedente. 

Para tratar este asunto brevemente comenzaré con el bautismo.  Un poco antes de que entremos en el agua, en la presencia de la congregación y bajo la mano del presidente, solemnemente afirmamos que renunciamos al diablo, a su pompa y a sus ángeles.  Después somos sumergidos tres veces haciendo una promesa algo más amplia de la que el Señor ha establecido en el Evangelio.  Luego somos levantados (como malos nacidos de nuevo), gustamos en primer lugar de una mezcla de leche y miel, y desde ese día nos abstenemos del baño diario durante toda una semana. 

También tomamos, congregados antes del alba y únicamente de la mano de los presidentes, el sacramento de la eucaristía que el Señor ordenó que fuera comido a la hora de comer y disfrutado por todos sin excepción.  Cada vez que llega el aniversario hacemos ofrendas por los muertos como homenaje de cumpleaños.  Consideramos que es contra la ley ayunar o arrodillarse en el culto en el día del Señor.  Nos regocijamos en el mismo privilegio también desde la pascua de resurrección hasta el domingo de Pentecostés.  Sentimos tristeza si algo del vino o del pan, aunque sea nuestro, es echado en tierra.  En cada paso y en cada movimiento que damos, en cada entrar y salir, cuando nos vestimos y nos calzamos, cuando nos bañamos, cuando nos sentamos a la mesa, cuando encendemos las lámparas, acostados o sentados, en todos los actos comunes de la vida diaria, hacemos en la frente la señal [de la cruz].

"Si para éstas y otras reglas parecidas insistís en tener una orden positiva de las Escrituras, no la encontraréis.  La tradición se os presentará como la originadora de ellas; la costumbre, como la que les da fuerza, y la fe, como su observadora.  Que la razón sostiene a la tradición, y a la costumbre, y a la fe, lo percibiréis por vosotros mismos, o lo aprenderéis de alguien que lo ha percibido.  Mientras tanto creeréis que hay alguna razón a la cual se debe dar acatamiento".

Ensalzamiento de la tradición.-

El siguiente es un argumento sumamente interesante.  Se afirma que la tradición tuvo que ser aceptada como autoridad para ciertas prácticas seguidas en la iglesia a comienzos del siglo III, para las cuales, se reconoce, no hay autoridad bíblica.  Después se dice que estas prácticas son auténticas porque la iglesia las sigue.  Luego se afirma la autoridad de la tradición porque la iglesia las sigue basada en una autoridad tradicional.  La atrevida lista de Tertuliano de las cosas que la iglesia de sus días hacía basándose en la tradición, nos da una idea de hasta dónde había llegado la iglesia en el siglo III, apartándose de la base de las Escrituras.

De allí en adelante se hizo mucho más basándose en la tradición.  Cuando la iglesia aceptó esa autoridad no bíblica, se abrieron las compuertas para que entrara una inundación casi interminable de rituales sin base bíblica y de enseñanzas erróneas.  Estas se posesionaron de la iglesia no sólo en la Edad Media, sino que hasta han llegado a los tiempos modernos; y no sólo en las más antiguas iglesias ritualistas, sino también, en cierta medida, en las iglesias más evangélicas.  Aún sigue en pie esta verdad: "En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres" (Mat. 15: 9).

Veneración de los santos.-

La doctrina del estado consciente de los muertos y el castigo eterno de los impíos en el infierno, aparece desde muy antiguo en la historia cristiana.  Los servicios conmemorativos ante la tumba de los mártires pronto fueron seguidos por oraciones en favor de los mártires, que se pensaba que estaban en una especie de purgatorio.  Luego, como se creía que los santos perfectos habían ido a una eterna bienaventuranza, se ofrecían oraciones a los santos para que intercedieran por los que todavía estaban en la tierra.  La veneración de los santos y más tarde el culto a la Virgen María fueron la consecuencia lógica de una mala interpretación de la doctrina de la naturaleza del hombre.

La expiación.-

La expiación también fue mal comprendida.  Se la envolvió en una atmósfera de magia.  La gente llegó a pensar que los emblemas de la Cena del Señor estaban investidos de una especie de poder mágico.  Pronto se creyó que la presencia de Cristo en los emblemas impartía el poder de Cristo mismo a los participantes.  Apareció después la enseñanza de la "presencia real" que Cristo está personalmente en el pan y en el vino, y así fácilmente surgió la doctrina de la transubstanciación: que el pan y el vino se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo, no sólo en apariencia exterior sino en su naturaleza intrínseca. 

Como ya se ha dicho, los emblemas se habían convertido en un sacrificio, y Cristo era nuevamente ofrecido como la ofrenda por el pecado.  Los ancianos se transformaron en sacerdotes, necesarios para cumplir la función sacerdotal de ofrecer nuevamente a Cristo.

El bautismo llegó a ser un rito que salva a los niños, quienes, según se creía, habían heredado la culpa de sus padres.  Para administrar este rito con propiedades salvadores se necesitaba otra vez un sacerdote.  La comprensión errada de la expiación y de los ritos que la representaban, hicieron posible el establecimiento de un sacerdocio humano que de una manera blasfema ocupó el lugar, en la creencia de la gente, del sacerdocio de Jesucristo en el santuario celestial.

Un nuevo legalismo y ascetismo.-

Con la propagación del antijudaísmo en la iglesia sobrevino una ola de antilegalismo, debido en parte a una tergiversación de ciertas declaraciones de Pablo (cf. 2 Ped. 3: 15-16).  Esto hizo que la iglesia, especialmente en el Occidente, estuviera lista para poner de lado el sábado semanal y para descuidar otras enseñanzas de las Escrituras.  Esto duró en la iglesia el tiempo necesario para hacer daño. 

Vino después una especie de neolegalismo que hizo que la iglesia observara de nuevo las festividades que ocupaban el lugar de los días de reposo anuales del Antiguo Testamento y que observara el domingo, primer día de la semana, en memoria de la resurrección.  Detalles rituales fueron añadidos a las ceremonias que se introdujeron en la iglesia, como se puede ver por el pasaje de Tertuliano ya citado, debido en parte a la presión de creencias tomadas del paganismo.

La iglesia tergiversó lo que Pablo dijo en 1 Cor. 7, y llegó a considerar el celibato como una demostración de consagración.  Diversas prácticas ascéticas proporcionaron a los cristianos fervientes una nueva norma para expresar su celo.  El ayuno se convirtió en algo necesario para la salvación.  Finalmente algunos entusiastas, insatisfechos con las iglesias, huyeron al desierto y se convirtieron en ermitaños que practicaban el celibato y otras formas de ascetismo.  Llegaron a ser finalmente tan numerosos, que fue necesario organizarlos en comunidades. 

En esta forma el monasticismo, con todos sus males inherentes, se convirtió en una institución de la iglesia. Debido a la presión del antijudaísmo, el sábado semanal gradualmente perdió su importancia.  Aún más rápidamente, se abandonó por completo la distinción entre alimentos limpios e inmundos.  Al convertirse los ancianos en sacerdotes e incorporarse muchas creencias del paganismo se produjo una nueva estructura, y el cristianismo perdió de tal manera su naturaleza original y su carácter, que si los apóstoles hubieran resucitado, difícilmente habrían podido reconocer el sistema que ayudaron a fundar.  En su estructura oficial y en su naturaleza general, el cristianismo llegó a ser alrededor del año poco más que un culto de misterio pagano.  En lo que sucedió a la iglesia primitiva con el Estado y con la sociedad, hay lecciones de advertencia para la iglesia remanente.

XV. La propagación del Evangelio

La iglesia como una empresa misionera.-

En cuanto a los alcances de la predicación del Evangelio a fines del siglo I, ya se ha presentado un panorama al tratar la obra de los apóstoles.  Los registros del siglo II no son claros.  En el último tercio del siglo II había una próspera congregación cristiana en el valle del Ródano, de la Francia actual, y al mismo tiempo prosperaba el cristianismo en el Oriente.  

A comienzos del siglo III había progresos visibles del cristianismo en el norte del África y se había extendido algo en España e Inglaterra.  A comienzos del siglo IV se habían establecido iglesias a lo largo del río Rin.  Informes incidentales que se hallan en los escritos de los cristianos primitivos muestran una propagación gradual del cristianismo, lo que significó el establecimiento de iglesias, y a veces su extinción debido a la persecución.  Al mismo tiempo se describe una sociedad que lentamente comenzaba a cristianizarse. 

Cuando fue legalizado el cristianismo, los cristianos sin duda podían contarse por millones, y se usaron edificios de iglesia desde el siglo III en adelante.  Es evidente que las iglesias no eran establecidas con la pureza del cristianismo apostólico, sino con la naturaleza y la complejidad de las apostasías en que había caído la iglesia.  El agua no puede alcanzar un nivel más alto que el de su fuente.  Las nuevas iglesias siguieron naturalmente a las que les habían dado existencia y las habían nutrido.

La extensión del mensaje evangélico.-

Hay una declaración impresionante en los escritos del apóstol Pablo.  El habla de "la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación ['a toda criatura', BJ] que está debajo del cielo" (Col. 1: 23).  Este es un indicio bastante claro de que el progreso de la obra misionera de la iglesia no se medía en los primeros años por las iglesias establecidas que se conocen históricamente. 

Hay suficiente base para creer que con el poder del Espíritu de Pentecostés y con el celo y el valor de los apóstoles, el mensaje del Evangelio fue llevado rápidamente a todo el mundo conocido.  Aunque no dio como resultado en todas partes el establecimiento de comunidades cristianas permanentes, cumplió con el propósito de amonestar a los hombres para que creyeran en el Mesías que había sido crucificado, y había resucitado y ascendido al cielo donde estaba cumpliendo su obra de mediación para todos los que creyeran en él.  Si fue así, debe pensarse que es algo paralelo con el mensaje de amonestación que debe ser predicado al mundo entero antes de la segunda venida de Cristo (Mat. 24: 14; Apoc. 14: 6-12), y que ahora está en marcha.

Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

La Parabola del Vestido de Bodas


LA PARÁBOLA del vestido de bodas representa una lección del más alto significado. El casamiento representa la unión de la humanidad con la divinidad; el vestido de bodas representa el carácter que todos deben poseer para ser tenidos por dignos convidados a las bodas.

En esta parábola como en la de la gran cena, se ilustran la invitación del Evangelio, su rechazamiento por el pueblo judío, y el llamamiento de misericordia dirigido a los gentiles. Pero de parte de los que rechazan la invitación, esta parábola presenta un insulto mayor y un castigo más terrible.

El llamamiento a la fiesta es una invitación del rey. Procede de aquel que está investido de poder para ordenar. Confiere gran honor. Sin embargo, el honor no es apreciado. La autoridad del rey es menospreciada. Mientras la invitación del padre de familia fue recibida con indiferencia, la del rey es recibida con insultos y homicidio. Trataron a sus siervos con desprecio, afrontándolos y matándolos.

El padre de familia, al ver despreciada su invitación, declaró que ninguno de los convidados probaría su cena. Pero en cuanto a los que habían despreciado al rey, se decreta algo más que la exclusión de su presencia y de su mesa, pues "enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y puso fuego a su ciudad".

En ambas parábolas, la fiesta queda provista de convidados, pero la segunda demuestra que todos los que asisten a la fiesta han de hacer cierta preparación. Los que descuidan esta preparación son echados fuera. "Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí un hombre no vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí no teniendo vestido de boda?  Mas él cerró la boca. Entonces el rey dijo a los que servían: Atado de pies y de manos tomadle, y echadle en las tinieblas de afuera: Allí será el lloro y el crujir de dientes".

La invitación a la fiesta había sido dada por los discípulos de Cristo. Nuestro Señor había mandado a los doce y después a los setenta, para que proclamaran que el reino de Dios estaba cerca, e invitasen a los hombres a arrepentirse y creer en el Evangelio. Pero la invitación no fue escuchada. Los que habían sido invitados a la fiesta no vinieron.

Los siervos fueron enviados más tarde para decirles: "He aquí, mi comida he aparejado; mis toros y animales engordados son muertos, y todo está prevenido: venid a las bodas". Tal fue el mensaje dado a la nación judía después de la crucifixión de Cristo, pero la nación que aseveraba ser el pueblo peculiar de Dios rechazó el Evangelio que se le traía con el poder del Espíritu Santo.

Muchos hicieron esto de la manera más despectiva. Otros se exasperaron tanto por el ofrecimiento de la salvación, por la oferta de perdón, por haber rechazado al Señor de gloria, que se volvieron contra los portadores del mensaje. Hubo "una grande persecución".* Muchos hombres y mujeres fueron echados en la cárcel, y fueron muertos algunos de los mensajeros del Señor, como Esteban y Santiago.

Así selló el pueblo judío su rechazamiento de la misericordia de Dios. El resultado fue predicho por Cristo en la parábola. El rey, "enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y puso fuego a su ciudad". El juicio pronunciado vino sobre los judíos en la destrucción de Jerusalén y la dispersión de la nación.

La tercera invitación a la fiesta representa la proclamación del Evangelio a los gentiles.  El rey dijo: "Las bodas a la verdad están aparejadas; mas los que eran llamados no eran dignos. Id pues a las salidas de los caminos y llamad a las bodas a cuantos hallareis".

Los siervos del rey que salieron por los caminos "juntaron a todos los que hallaron; juntamente malos y buenos". Era una compañía heterogénea. Algunos no tenían mayor respeto, por quien daba la fiesta, que aquellos que habían rechazado la invitación. Los que fueron primeramente invitados no podían consentir, pensaban ellos, en sacrificar ninguna ventaja mundanal para asistir al banquete del rey.

Y entre los que aceptaron la invitación, había algunos que sólo pensaban en su propio beneficio. Vinieron para disfrutar del banquete, pero no por el deseo de honrar al rey.

Cuando el rey vino a ver a los convidados, se reveló el verdadero carácter de todos. Para cada uno de los convidados a la fiesta se había provisto un vestido de boda. Este vestido era un regalo del rey. Al usarlo, los convidados mostraban su respeto por el dador de la fiesta. Pero un hombre estaba aún vestido con sus ropas comunes. Había rehusado hacer la preparación requerida por el rey. Desdeñó usar el manto provisto para él a gran costo. De esta manera insultó a su señor. A la pregunta del rey: "¿Cómo entraste aquí no teniendo vestido de boda?" no pudo contestar nada.  Se condenó a sí mismo. Entonces el rey dijo: "Atado de pies y de manos tomadle, y echadle en las tinieblas de afuera".

El examen que de los convidados a la fiesta hace el rey, representa una obra de juicio. Los convidados a la fiesta del Evangelio son aquellos que profesan servir a Dios, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida. Pero no todos los que profesan ser cristianos son verdaderos discípulos. Antes que se dé la recompensa final, debe decidirse quiénes son idóneos para compartir la herencia de los justos. Esta decisión debe hacerse antes de la segunda venida de Cristo en las nubes del cielo; porque cuando él venga, traerá su galardón consigo, "para recompensar a cada uno según fuere su obra".* Antes de su venida, pues, habrá sido determinado el carácter de la obra de todo hombre, y a cada uno de los seguidores de Cristo le habrá sido fijada su recompensa de acuerdo con sus obras.

Mientras los hombres moran todavía en la tierra se verifica la obra del juicio en los atrios del cielo. Delante de Dios pasa el registro de la vida de todos sus profesos seguidores.  Todos son examinados según lo registrado en los libros del cielo, y según sus hechos queda para siempre fijado el destino de cada uno.

El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo. A la iglesia "le fue dado que se vista de lino fino, limpio y brillante", "que no tuviese mancha, ni arruga, ni cosa semejante". El lino fino, dice la Escritura, "son las justificaciones de los santos".* Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal.

La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros padres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén. Ellos vivían en perfecta conformidad con la voluntad de Dios. Toda la fuerza de sus afectos era dada a su Padre celestial. Una hermosa y suave luz, la luz de Dios, envolvía a la santa pareja. Este manto de luz era un símbolo de sus vestiduras espirituales de celestial inocencia. Si hubieran permanecido fieles a Dios, habría continuado envolviéndolos.  Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó. Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse.

Esto es lo que los transgresores de la ley de Dios han hecho desde el día en que Adán y Eva desobedecieron. Han cosido hojas de higuera para cubrir la desnudez causada por la transgresión. Han usado los mantos de su propia invención; mediante sus propias obras han tratado de cubrir sus pecados y hacerse aceptables a Dios.

Pero esto no pueden lograrlo jamás. El hombre no puede idear nada que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia. Ningún manto hecho de hojas de higuera, ningún vestido común a la usanza mundana, podrán emplear aquellos que se sienten con Cristo y los ángeles en la cena de las bodas del Cordero.

Unicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente. "Yo te amonesto -dice él- que de mí compres... vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez".*

Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartirnos a nosotros este carácter. "Como trapos asquerosos son todas nuestras justicias".*

Todo cuanto podamos hacer por nosotros mismos está manchado por el pecado. Pero el Hijo de Dios "apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él". Se define el pecado como "la transgresión de la ley".* Pero Cristo fue obediente a todo requerimiento de la ley. El dijo de sí mismo: "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón".*

Cuando estaba en la tierra dijo a sus discípulos: "He guardado los mandamientos de mi Padre".* Por su perfecta obediencia ha hecho posible que cada ser humano obedezca los mandamientos de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. 

Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová.

Los convidados a la fiesta de bodas fueron inspeccionados por el rey, y se aceptó solamente a aquellos que habían obedecido sus requerimientos y se habían puesto el vestido de bodas. Así ocurre con los convidados a la fiesta del Evangelio. Todos deben ser sometidos al escrutinio del gran Rey, y son recibidos solamente aquellos que se han puesto el manto de la justicia de Cristo.

La justicia es la práctica del bien, y es por sus hechos por lo que todos han de ser juzgados.  Nuestros caracteres se revelan por lo que hacemos. Las obras muestran si la fe es genuina o no.

Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

jueves, 23 de septiembre de 2010

LA IGLESIA CRISTIANA PRIMITIVA P13


XIII. Relaciones con el Estado

Religiones tribales.-

Las religiones paganas eran, por naturaleza, locales o tribales.  Había dioses de las ciudades y dioses del campo, dioses de las montañas y dioses de los valles (1 Rey. 20: 22-30).  A medida que las familias, los clanes y las tribus constituían lo que hoy llamaríamos naciones, ciertos dioses o grupos de dioses llegaron a ser considerados como deidades nacionales.

Los romanos reconocían nítidamente esta distinción.  Por esto, a medida que ensanchaban su imperio, fueron suficientemente sabios como para practicar la tolerancia.  No sólo permitían que los diversos pueblos retuvieran, hasta donde fuera posible, las formas locales de gobierno propio, sino que también les permitían que conservaran sus dioses. 

Debían, eso sí, incluir en su nómina de dioses a las principales deidades de Roma, para que éstas no se airaran, y para que los pueblos sujetos a Roma no se sintieran inducidos por su religión a rebelarse contra el régimen romano.  Pero junto con esas estipulaciones se les permitía que continuaran con sus propias formas de culto.  Los romanos, viendo que les era ventajoso tener más y más dioses que consideraran favorablemente a Roma y a su progreso por todo el mundo, añadían dioses extranjeros a su panteón.

La religión romana y la judía.-

Cuando los romanos se relacionaron directamente con la religión judía, especialmente por las conquistas de Pompeyo en el Cercano Oriente, donde subyugó a Siria y a los judíos durante los años 65-63 a. C., se enfrentaron con un problema religioso. 

Estaban dispuestos a tolerar la religión judía, pero ésta estaba tan entretejida con la vida judía e influía tan obviamente para que los judíos no estuvieran dispuestos a ceder ante la dominación romana, que les resultó muy difícil mantener la tolerancia.  Además, los romanos no podían entender la religión judía. Como los judíos hablaban de su Dios, pero no lo representaban en ninguna forma, a los romanos les parecía que la religión judía era sólo una creación de la imaginación hebrea.

Los judíos se negaban completamente a tener alguna relación con los dioses romanos, y sólo consentían en orar por el Estado romano.  Sin embargo, los romanos aceptaron esa transacción, permitieron que los judíos retuvieran su culto, y pusieron a Herodes como rey de los judíos.  Herodes afirmaba ser judío, aunque esto sólo se debía a que su familia había sido obligada años antes por los Macabeos a plegarse al judaísmo.

Entre los judíos había una cantidad de sectas (ver t. V, pp. 53-55).  Los romanos las reconocían como parte de la religión judía porque los judíos incluían esas sectas en su sistema religioso. Una secta como la de los zelotes era considerada con desconfianza debido a sus tendencias a la rebelión, y con frecuencia era objeto de medidas disciplinarias; pero no era puesta fuera de la ley sino como último recurso.

El cristianismo rechazado por el judaísmo.-

Los dirigentes judíos habían rechazado a Jesús desde el principio.  Después de hacerlo matar también rechazaron a sus seguidores y a la iglesia que éstos formaron; por esto el cristianismo no era considerado legal.  Por esta razón no era lógico que los romanos incluyeran a Cristo en su panteón, aunque hubieran deseado hacerlo.  No podían aceptar el cristianismo a través del cauce judaico, pues los mismos judíos lo rechazaban.  De modo que el cristianismo fue desde el principio una religión ilegal, sin una posición reconocida ante la ley.

Posición romana frente al cristianismo.-

Además, había algo en las enseñanzas cristianas que empeoraba su situación ante el gobierno romano.  Los judíos eran un pueblo proselitista, por lo tanto, los romanos consideraron necesario en el siglo II promulgar una ley que prohibía a los judíos hacer prosélitos. 

Los judíos no pretendían tener una fe universal, pero ofrecían a los paganos la posibilidad de aceptar el judaísmo como una especie de privilegio. No sucedió así con el cristianismo. Los cristianos afirmaban desde el comienzo que pertenecían a la única religión verdadera, declaraban que tenían un mensaje de extensión mundial, invitaban a todos a que se les unieran si cumplían con las condiciones de creencia y rectitud, e insistían en que el cristianismo era universal en sus alcances. 

No permitían rivales y eran fundamentalmente intolerantes con otras creencias.  Por eso el cristianismo se presentó ante el mundo romano como una fe universal y conquistadora.  Al principio fue burlado y ridiculizado, pero después fue temido como una amenaza para la vida romana.

Los judíos habían dicho: "No tenemos más rey que César" (Juan 19: 15), pero este no era el caso de los cristianos.  Tenían un solo Señor, el Señor Jesucristo, y no querían aplicar el término "Señor" al César romano.  Enseñaban públicamente que su Señor Jesucristo volvería como Rey de reyes y Señor de señores y dominaría el universo. 

Ya fuera que lo dijeran con tanta claridad o no, estaba implícito en su enseñanza que ningún imperio terrenal, ni siquiera el de Roma, podría permanecer ante la presencia de un Rey tal (cf.  Dan. 2: 34-35, 44-45).  El Imperio Romano era un Estado consciente y seguro de sí mismo, y lleno de amor propio. 

No tenía rivales que pudieran disputarle su poder en su mundo mediterráneo.  El Estado tenía que ser lo principal para cada ciudadano.  El emperador, no importa cuán débil, necio o malo pudiera ser, personificaba el poder y la gloria del Estado romano.  Un Estado tal no podía tolerar secta alguna, no importa cuán buena fuera, si como centro de sus enseñanzas tenía la creencia en un Rey supremo y divino que alguna vez destruiría todos los Estados, dominios y poderes.

El cristianismo exhortaba a la sociedad romana a que viviera una vida mejor, y eso causaba irritación.  Los antiguos romanos, que entendían el valor de la moral, tenían una rígida ética.  Pero la moral cristiana no era del tipo de la romana, ni tampoco era una evolución de la tesis romana concerniente a los valores de la vida.  Además, los romanos de los tiempos del Nuevo Testamento no vivían de acuerdo con su ética antigua. 

Como consecuencia, la vida de los cristianos era un constante reproche para los romanos.  Estos no entendían la forma cristiana de vivir.  Si bien quizá respetaban a regañadientes al cristianismo, en realidad lo odiaban.

El cristianismo como religión ilícita.-

Los judíos estaban resentidos con el cristianismo por muchas razones. Tenían temor de que los cristianos pudieran atraer la ira de los romanos sobre los judíos.  Odiaban al Cristo de los cristianos como a un rival de su esperado Mesías. Odiaban aún más a los cristianos, porque aceptaban a gentiles en su comunión.

Por lo tanto, los judíos creaban dificultades a los cristianos en toda oportunidad que tenían, persiguiéndolos hasta donde les era posible en Palestina, y en otras partes soliviantando a la turba para que se levantara contra los cristianos.  Hay varios ejemplos de esto en el libro de los Hechos.  Un documento, El martirio de Policarpo, narra cosas semejantes, sucedidas en la ciudad de Esmirna en el siglo II.  En el siglo III Tertuliano llamó a las sinagogas judías "manantiales de persecución" (Scorpiace* x).

Estando las relaciones en tal situación, no se necesita buscar en la ley romana para hallar algún decreto contra los cristianos.  No se necesitaba ningún decreto, pues los cristianos no tenían personería legal.  En años posteriores se promulgaron disposiciones legales contra los cristianos, y éstas se hicieron cada vez más severas.  Los primeros ataques de la magistratura romana contra los cristianos fueron esporádicos; no fueron decretados legalmente sino que se debieron al capricho o al rencor de los emperadores.  Tales fueron las persecuciones de Nerón (c. 64 d. C.) y de Domiciano (c. 95 d. C.) contra los cristianos.

Disposiciones legales romanas. Persecución provocada por capricho.-

El historiador romano Tácito (Anales xv. 44; cf.  Suetonio, Nerón vi. 16) narra esto correctamente, pues culpa a Nerón de haber incendiado a Roma.  Para apartar de sí mismo la acusación, echó la culpa a los cristianos.  Una cantidad de seguidores de Jesús fueron quemados vivos en la ciudad de Roma.  Algunos de ellos fueron usados como antorchas para alumbrar las orgías nocturnas en los jardines de Nerón.  La persecución sin duda se extendió algo por las provincias, aunque poco se ha registrado de esto. Como ya se ha dicho, tanto Pedro como Pablo perecieron en la ciudad de Roma debido a la persecución de Nerón (ver pp. 32, 36).

La siguiente persecución de los cristianos a manos de los romanos quizá surgió del rencor del emperador Domiciano, hombre inestable y caprichoso. Quizá descubrió que había cristianos en su propia casa, y por esta u otras razones persiguió a la secta.  Juan fue desterrado a la isla de Patmos durante el gobierno de este emperador.  La persecución desatada por Domiciano quizá no se extendió tanto ni fue tan destructora, pero fue una dificultad para la iglesia y representó sufrimientos para los que la soportaron directamente.

Empleo de disposiciones legales.-

La primera disposición claramente legal contra los cristianos, decretada por un emperador romano, fue expedida por Trajano (98-117 d. C.). Plinio el Joven, amigo y protegido de Trajano, era gobernador del Ponto, en la costa sur del mar Negro.  Plinio estaba muy preocupado por la propagación del cristianismo en su provincia.  Los templos paganos se descuidaban; los que comerciaban con animales para los sacrificios y con materiales para el culto de los templos se quejaban de que su negocio sufría muchísimo; por eso Plinio comenzó a ocuparse de los cristianos.  Hacía dar muerte a los que estaban dispuestos a admitir que pertenecían a esa fe.

 Para asegurarse de su conducta, escribió a su amigo el emperador y le pidió que aprobara lo que estaba haciendo.  La carta de Plinio se halla en la colección de sus escritos (Cartas x. 96).  En esa carta presenta una interesante descripción del culto cristiano, a lo que ya se ha hecho referencia, y después cuenta cómo había estado tratando a los cristianos.  El supplicium, la pena capital romana, había caído sobre ellos.

Trajano escribió su respuesta (Plinio, Cartas x. 97) para aprobar lo que su representante había hecho en el Ponto.  Pero el emperador, que por lo general era bueno y justo, estipuló que nadie debía ser muerto por ser cristiano a menos que reconociera sin ambages que lo era, o a menos que hubiera suficientes testigos que probaran que lo era. 

No debía ser condenado por meros rumores, sino que debía haber quienes testificaran contra él para que el testimonio fuera válido.  Esta disposición legal no era otra cosa sino la aplicación de los poderes ordinarios de la policía común a un problema de la sociedad. 

Trajano no se proponía desatar esa persecución; pero como los cristianos no tenían lugar en la sociedad, debían ser eliminados. Si no se hacía eso, podrían convertirse en un verdadero peligro.  Plinio informó que su método para tratar a los cristianos había tenido éxito y que había recomenzado el culto en los templos paganos.

Esta disposición policial ordenada por Trajano continuó como una norma del Imperio Romano durante los 150 años siguientes.  Fue más bien un desdeñoso modo de actuar, porque el gobierno romano todavía no había llegado al punto de tomar en serio al cristianismo como un movimiento. 

Por esto, los cristianos fueron perseguidos durante los reinados de los emperadores Antonino Pío (138-161 d. C.) y Marco Aurelio (161-180 d. C.) que, en otros sentidos, fueron benévolos.  Estas persecuciones se efectuaron en parte mediante la violencia propia de las turbas, con frecuencia por instigación de los judíos, y en parte debido al celo pagano de gobernantes locales, pero con el conocimiento y el consentimiento de los emperadores.

Política de exterminio.-

A mediados del siglo III empeoró la política romana en su relación con los cristianos.  Los gobernantes ya se habían dado cuenta de que debían tomar en serio la propagación del movimiento cristiano.  Se dice que el emperador Felipe (llamado "el árabe") fue cristiano (Eusebio, Historia eclesiástica vi. 34).

Al final de su corto reinado se celebró el milésimo aniversario de la fundación de la ciudad de Roma y hubo un gran resurgimiento del sentimiento patriótico romano.  Decio, el rival político de Felipe y su sucesor cuando esa ola de patriotismo llegó a su apogeo, creía que los cristianos habían favorecido a Felipe; por eso, en el año 250 comenzó una política de exterminio contra ellos.  Su sangrienta persecución de los cristianos fue repetida por el emperador Valeriano unos siete años más tarde.

La persecución final.-

Para ese tiempo los cristianos habían crecido en popularidad y aumentado extraordinariamente en número.  Este aumento continuó en los años de relativa paz que siguieron a la persecución del tiempo de Valeriano, paz que terminó con la severa persecución desatada por Diocleciano y Galerio, la que comenzó en el año 303 d. C. y continuó durante diez años. 

Esta persecución señaló otro cambio de política, en el sentido de que representó un intento de completo exterminio.  Fue un caso de guerra entre acerbos enemigos.  En esa guerra perdió el imperio pagano.

La política de tolerancia.-

Constantino fue coronado emperador en 306, y en el año 312 d. C. se presentó como amigo del cristianismo.  Al año siguiente promulgó su famoso edicto de tolerancia, y el cristianismo estuvo entonces en condiciones no sólo de propasarse libremente sino de convertirse pronto en la religión exclusiva del imperio. 

Constantino dio comienzo a la extraordinaria y nueva política de unión de la Iglesia y el Estado, cuyos efectos, aunque materialmente beneficiosos para la iglesia, espiritualmente le fueron más adversos que cualquier persecución que hubiera sufrido.

Comportamiento de la iglesia frente al Estado.-

Al examinar el comportamiento de la iglesia frente al Estado durante los siglos cuando el cristianismo era una religión ilícita, sin reconocimiento oficial en la sociedad, debe recordarse que en esos años la iglesia no buscaba su afianzamiento material en el mundo, como lo enseñó después San Agustín, sino un lugar en el reino de los cielos, con Jesucristo como Gobernante.

Por lo tanto, el comportamiento de los cristianos era de una paciente resignación hasta que Cristo los rescatara.

Es cierto que la significativa declaración de Cristo: "Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mat. 22: 21) rara vez se encuentra en los escritos de los autores cristianos de los primeros siglos; sin embargo, aplicaban esta admonición a su relación con el imperio. 

Pablo exhortó a la iglesia en el mismo sentido, cuando escribió: "Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.  De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. 

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo... Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.  Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios" (Rom. 13: 16).  Pedro dice: "Honrad al rey" (1 Ped. 2: 17). 

Por lo tanto, aun cuando su religión era ilegal, los cristianos procuraban vivir como buenos ciudadanos en un ambiente hostil, aplicando todos los días la ética manifestada en la vida de Jesús y contenida en el ejemplo y en las enseñanzas de los apóstoles. Ganaron buena reputación por la pureza de su vida y por su bondad para con sus prójimos. 

El gobierno odiaba y finalmente llegó a temer más y más al cristianismo, pero el pueblo apreciaba cada vez más la clase de vida manifestado por los cristianos.  Cuando eran arrastrados ante los tribunales, al responder la pregunta de los Jueces, con frecuencia los cristianos sencillamente contestaban: "Soy cristiano", e iban a la muerte sonriendo en medio de sus sufrimientos, amonestando a los otros cristianos para que fueran fieles y exhortando a los paganos que presenciaban la escena para que siguieran a Jesucristo, su Señor y Maestro.
Los cristianos que presenciaban la muerte de tales mártires permanecían admirablemente fieles, y Tertuliano pudo decir: "La sangre de los cristianos es semilla" (Apología 50).

Una innumerable cantidad de mártires cristianos murió porque Cristo había dicho: "Dad... a Dios lo que es de Dios".  Pedro había afirmado: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech. 5: 29).  "Si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois.  Por tanto no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis" (1 Ped. 3: 14).  "No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo... Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello" (1 Ped. 4: 12-16).  Pablo sabía por experiencia propia lo que era vivir una vida consecuente para Cristo.  Ha dejado una lista para la posteridad de sus primeros sufrimientos por causa de su Señor (2 Cor. 11: 23-27).

Por principio, los cristianos eran ciudadanos cumplidores de la ley, siempre que las autoridades les indicaban lo que era su deber hacer.  Pero cuando se les exigía negar a Cristo, participar de un culto falso y vivir la clase de vida que hubiera significado apostatar de los principios cristianos, en la mayoría de los casos se mantenían firmes de parte de lo correcto.  Escogían obedecer a Dios antes que a los hombres y, como resultado, sufrir azotes, encarcelamiento o muerte.  La disyuntiva era muy clara y las consecuencias seguras: muerte aquí, pero vida eterna con Cristo.

Separación de la Iglesia y el Estado.-

Esta filosofía de la separación de la Iglesia y el Estado resultaba necesaria, con el pensamiento de que debía manifestarse cierto grado de cooperación con el ambiente pagano debido a la necesidad del momento, hasta que Cristo los transportara a un nuevo ambiente.  Tertuliano, en el siglo III y Lactancio en el siglo IV, insistían en que la Iglesia cristiana debía mantenerse separada del Estado pagano.

Pero como no se produjo la segunda venida de Cristo, ya en el siglo III se fue formando una nueva filosofía.  El cristianismo se iba popularizando y continuamente aumentaba su número de miembros.  Los maestros cristianos eran escuchados con más y más respeto, y surgió la esperanza de que antes de mucho el cristianismo pudiera, manejar el mundo. 

Por lo tanto, cada vez que era posible, se incorporaban costumbres mundanas que eran "bautizadas", dándoselas un nombre cristiano y también una apariencia exterior cristiana.  Se tenía cuidado de ofender lo menos posible al Estado.  Cuando la situación era clara, los dirigentes de la iglesia y aquellos a quienes ellos dirigían procuraban mantenerse firmes.  Con frecuencia, sin embargo, resultaba conveniente posponer el momento del enfrentamiento, y en más de una ocasión las decisiones fueron enturbiadas por la claudicación. 

Bien podría suponerse que si durante el siglo III los gobernantes romanos hubiesen sido más complacientes, el cristianismo hubiera seguido un programa tal de componendas que lo hubiera llevado al punto de vivir satisfecho en un ambiente pagano, y quizá finalmente hubiera sido completamente modificado por ese ambiente y absorbido por él.  Felizmente para la iglesia, el gobierno continuó siendo un acerbo enemigo del cristianismo, y éste se vio obligado a permanecer separado del Estado hasta que Constantino hizo que el gobierno romano tomara las formas externas del cristianismo.

Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

El PELIGRO DE LA COMUNION CON EL MUNDO


Los cristianos que se asocian con compañías mundanas se están perjudicando a sí mismos y están descarriando a otros. Los que temen a Dios no pueden elegir a los irreligiosos como compañeros sin resultar dañados.

En esas asociaciones son puestos bajo la influencia de principios y costumbres mundanales, y por influencia de la compañía y el hábito, la mente llega a conformarse cada vez más a las normas mundanas.

Su amor a Dios se enfría, y no tienen más deseos de estar en comunión con él. Llegan a ser ciegos espirituales. No logran ver ninguna diferencia particular entre el transgresor de la ley de Dios, y los que temen a Dios y guardan sus mandamientos. Llaman a lo malo bueno y bueno a lo malo.

El esplendor de las realidades eternas se opaca. La verdad puede serles presentada en forma evidente, pero ellos no sienten hambre por el pan de vida ni sed por las aguas de salvación. Están bebiendo de cisternas rotas que no pueden contener agua.

Es muy fácil que mediante la asociación con el mundo se asimile su espíritu y se reciba el molde de sus conceptos, hasta el punto de no discernir la excelencia de Jesús y de la verdad. Y el espíritu del mundo controlará nuestra vida en la medida en que more en nuestro corazón. 

Cuando los hombres no están bajo el control de la Palabra y del Espíritu de Dios, son cautivos de Satanás, y no sabemos hasta qué profundidad los introducirá en el pecado. El patriarca Jacob contempló a los que se complacían en la perversidad.

Vio cuál sería el resultado de la asociación con ellos, y mediante el Espíritu exclamó: "En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía" (Gén. 49: 6). Así hace sonar la alarma de peligro para advertir a cada alma contra tales asociaciones.

El apóstol Pablo se hace eco de esa advertencia: "No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas" (Efe. 5: 11). "Las malas compañías corrompen las buenas costumbres" (1 Cor. 15: 33, VM). 

El alma es engañada cuando confía en la política mundanal y en las invenciones humanas en vez de confiar en el Señor Dios de Israel.

¿Podría el hombre encontrar un guía mejor que el Señor Jesús?
¿Un consejero mejor en la duda y en la tribulación?
¿Un mejor defensor en el peligro?

Poner de lado la sabiduría de Dios para aceptar la sabiduría humana constituye un engaño que destruye el alma. 

Si Ud. quiere ver lo que el hombre hace cuando rechaza la influencia de la gracia de Dios, contemple aquella escena en la sala del juicio, cuando una muchedumbre furiosa, guiada por sacerdotes y dirigentes judíos, pide a gritos la vida del Hijo de Dios.

Vea al divino Sufriente de pie junto a Barrabás, y a Pilato preguntando a quién de los dos ha de libertar. Se oye entonces el ronco grito de cientos de voces coléricas inspiradas por Satanás: "¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás!" (Luc. 23: 18). Y cuando Pilato pregunta qué debe hacerse con Jesús, gritan: "¡Crucifícale, crucifícale!" (Luc. 23: 21). 

La naturaleza humana de entonces es la misma de ahora. Cuando se desprecia el Remedio divino que podría salvar y exaltar la naturaleza humana, resurge el mismo espíritu que aún vive en los corazones de los hombres, y no podemos confiar en su dirección y mantener nuestra lealtad a Cristo

Por John J. Alvarado D. COMUNIDAD BIBLICA DE LA GRACIA DE JESUCRISTO