sábado, 17 de julio de 2010

El ateismo


A menudo se quiere dar la impresión de que el cristianismo bíblico descansa enteramente sobre la fe, mientras que el ateísmo y la evolución descansan sobre la ciencia y la razón. Pero ese no es el caso. Nadie puede probar científicamente ni el ateísmo ni la evolución y, por lo tanto, ambas cosas descansan en la fe.

La teoría de la evolución es un engendro del naturalismo, una postura filosófica que afirma que todo cuanto existe tiene que ser explicado únicamente en términos de procesos naturales.

En el naturalismo no hay lugar para la intervención de Dios ni de ningún otro agente sobrenatural. Fuera de la naturaleza, dicen ellos, no hay nada que buscar; la materia es la única realidad. El famoso (y fenecido) astrónomo norteamericano Carl Sagan, lo explica con estas palabras: “El cosmos es todo lo que ha habido, todo lo que hay y todo lo que habrá”.

Pero ¿cómo pueden los científicos saber eso con certeza? De ninguna manera. Es imposible probar científicamente que el universo es todo lo que ha habido, todo lo que hay y todo lo que habrá; esta es una postura filosófica, no científica, algo que el naturalista tiene que aceptar por fe.

Y una de las consecuencias inevitables de esa fe es el sin sentido de todo cuanto existe. Si la naturaleza es todo lo que ha habido, todo lo que hay y todo lo que habrá, entonces tendríamos que concluir que el universo es un afortunado accidente, el resultado de un proceso que ningún ser inteligente inició ni guió con ningún propósito. Consecuentemente, la tendencia que ha tenido el hombre a través de los siglos a buscarle un significado a la existencia humana sería una labor inútil, porque no habría ningún significado que buscar.

Si un niño tropieza con un bote de pintura y ésta se derrama indiscriminadamente sobre el tapiz, sería muy tonto tratar de encontrarle un significado oculto a la mancha. Puede que se vea bonito, pero fue algo accidental, no planificado. Según el ateo, este universo maravilloso que manifiesta orden, diseño y propósito en todas sus partes, no posee en realidad ningún diseño inteligente detrás; es la mancha hermosa que quedó en el espacio infinito luego que la materia + tiempo + casualidad tropezaran con el bote de pintura.

Por eso alguien dijo una vez que “el momento más embarazoso para el ateo es cuando se siente profundamente agradecido por algo, pero no puede pensar en nadie a quien darle las gracias”.

La fe del ateo deja al hombre sumido en una existencia sin sentido. Pocos lo han expresado tan claramente como Sartre en La Nausea: “Yo existo como una piedra, una planta, un microbio… Aquí estamos todos nosotros, comiendo y bebiendo para preservar nuestra preciosa existencia y sin embargo no hay nada, nada, absolutamente ninguna razón para existir”. El ateo no sólo niega la existencia de Dios, sino que también atenta contra la humanidad del hombre.

viernes, 16 de julio de 2010

La Caida de Judas..


Al resistir a las súplicas de la gracia, el impulso del mal triunfó finalmente. Judas, enojado por una velada reprensión, y desesperado al ver desmoronarse sus sueños ambiciosos, entregó su alma al demonio de la avaricia y decidió traicionar a su Maestro. Salió del aposento donde se celebró la Pascua, del gozo de la presencia de Cristo y de la luz de la esperanza inmortal, a hacer su obra perversa, a las tinieblas exteriores, donde no había esperanza.

"Porque Jesús sabía desde el principio quienes eran los que no creían, y quién le había de entregar".* Sin embargo, sabiéndolo todo, no había negado ningún pedido de gracia ni don de amor.

Al ver el peligro de Judas, lo había acercado a sí mismo, y lo había introducido en el círculo íntimo de sus discípulos escogidos y de confianza. Día tras día, cuando la carga que oprimía su corazón resultaba más pesada, había soportado el dolor que le producía el permanente contacto con esa personalidad terca, suspicaz, sombría; había vigilado y trabajado para contrarrestar entre sus discípulos ese antagonismo 93 constante, secreto y sutil. ¡Y todo eso para que no faltara ninguna influencia salvadora a esa alma en peligro!

"Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Ni lo ahogarán los ríos".
"Porque fuerte es como la muerte el amor".*

Con respecto a Judas, la obra de amor de Cristo fue inútil. No ocurrió lo mismo con sus condiscípulos. Para ellos fue una lección cuya influencia duró toda la vida. Su ejemplo de ternura y paciencia siempre modeló su trato con los tentados y descarriados. Hubo además, otras lecciones. Cuando los doce fueron ordenados, los discípulos deseaban ardientemente que Judas formara parte del grupo, y habían considerado su llegada como un suceso promisorio para el grupo apostólico. Había estado en contacto con el mundo más que ellos; era un hombre de buenos modales, perspicaz, de habilidad administrativa y, como él mismo tenía un elevado concepto de sus propias cualidades, había inducido a los discípulos a que tuvieran la misma opinión acerca de él.

Pero los métodos que deseaba introducir en la obra de Cristo se basaban en principios mundanos, y estaban de acuerdo con el proceder del mundo. Su fin era alcanzar honores y reconocimientos mundanos, y el reino de este mundo. La manifestación de esas ambiciones en la vida de Judas ayudó a los discípulos a establecer el contraste que existe entre el principio del engrandecimiento propio y el de la humildad y la abnegación de Cristo, es decir, el principio del reino espiritual. En el destino de Judas vieron el fin a que conduce el servicio de sí mismo.

Finalmente, la misión de Cristo cumplió su propósito con estos discípulos. Poco a poco su ejemplo y sus lecciones de abnegación amoldaron sus caracteres. Su muerte destruyó su esperanza de grandeza mundana. La caída de Pedro, la apostasía de Judas, su propio fracaso al abandonar a Cristo cuando estaba en angustia y peligro, hicieron desaparecer su confianza propia. Vieron su debilidad; vieron algo de la grandeza de la obra que les había sido encomendada; sintieron la necesidad de que el Maestro guiara cada uno de sus pasos.

Sabían que ya no estaría con ellos su presencia personal, y reconocieron, como nunca antes, el valor de las oportunidades que habían tenido al andar y hablar con el Enviado de Dios. No habían apreciado ni comprendido muchas de sus lecciones en el momento cuando se las había dado; anhelaban recordarlas, volver a oír sus palabras. Con qué gozo recordaban la promesa:

"Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré". "Todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer". Y "el Consolador. . . a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho".*

"Todo lo que tiene el Padre es mío". "Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad. porque tomará de lo mío, y os lo hará saber".*

Los discípulos habían visto ascender a Cristo cuando estaba entre ellos en el Monte de los Olivos. Y mientras el cielo lo recibía, recordaron la promesa que les había hecho al partir: "Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".*

Sabían que los acompañaba aún su simpatía. Sabían que tenían un Representante, un Abogado, ante el trono de Dios. Presentaban sus peticiones en el nombre de Jesús, repitiendo la promesa: "Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará".*

Levantaban cada vez más en alto la mano de la fe, con este poderoso argumento: "Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros".*

Fiel a su promesa, el Ser divino, exaltado en las cortes celestiales, impartió algo de su plenitud a sus seguidores de la tierra. Su entronización a la diestra de Dios fue señalada por el derramamiento del Espíritu sobre sus discípulos.

Gracias a la obra de Cristo, los discípulos sintieron su necesidad del Espíritu; debido a la enseñanza del Espíritu, recibieron su preparación final y salieron a hacer la obra de sus vidas.
Dejaron de ser ignorantes e incultos. Dejaron de ser un conjunto de unidades independientes o de elementos discordantes y antagónicos. Dejaron de poner sus esperanzas en las grandezas mundanas. Eran "unánimes", "de un mismo corazón y una misma alma".

Cristo ocupaba sus pensamientos. El progreso de su reino era la meta que tenían. Tanto en mente como en carácter se habían asemejado a su Maestro, y los hombres "reconocían que habían estado con Jesús."*

Hubo entonces una revelación de la gloria de Cristo tal como nunca antes había sido vista por el hombre. Multitudes que habían denigrado su nombre y despreciado su poder, confesaron entonces que eran discípulos del Crucificado. Gracias a la cooperación del Espíritu divino, las labores de los hombres humildes 96 a quienes Cristo había escogido conmovieron al mundo. En una generación el Evangelio llegó a toda nación que existía bajo el cielo.

Cristo ha encargado al mismo Espíritu que envió en su lugar como Instructor de sus colaboradores, para que sea el Instructor de sus colaboradores de la actualidad. "Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"*, es su promesa.
La presencia del mismo Guía en la obra educativa de nuestros días producirá los mismos resultados que en la antigüedad. A este fin tiende la verdadera educación; ésta es la obra que Dios quiere que se lleve a cabo.

jueves, 15 de julio de 2010

El Habito de Lectura.. Signo de un cristiano saludable


Una máxima en nutrición dice: “Tu eres lo que comes”. Pues, de igual manera, en el reino espiritual tú eres lo que lees. Como alguien ha dicho, busque a un cristiano activo, saludable, que está creciendo en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y verá que en la mayoría de los casos es alguien que posee un buen hábito de lectura (a menos que la persona no sepa leer, o tenga problemas para obtener buena literatura).

Y dado que estamos a mediados del 2010, este es un buen momento para reflexionar sobre nuestro hábito de lectura y para hacer planes concretos, tanto para la lectura de la Biblia como para la lectura de buenos libros.


Un cristiano saludable apreciará la lectura de la Biblia por encima de cualquier otro tipo de lectura

El primer salmo del salterio describe a un creyente en buen estado de salud espiritual. En el vers. 1 nos dice que es un hombre bienaventurado, y en el vers. 3 que es como un árbol plantado junto a corriente de aguas; es un creyente que se encuentra dando fruto abundante, y cuya alma se encuentra vigorosa y fuerte. Ahora, noten lo que se dice de este hombre en los versículos 1-3:

"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará".

La delicia primaria de este hombre es meditar la Palabra de Dios. No se limita a leer la Escritura, sino que medita lo que lee (comp. Sal. 119:15-16, 24, 72, 97, 140).

Cualquier cosa que esté sustituyendo tu Biblia como la fuente primaria para conocer a Dios y Su voluntad, esa lectura se está convirtiendo en un obstáculo para ti. Nada debe sustituir el deleite espiritual que debemos extraer del libro inspirado de Dios. Los libros devocionales son buenos como aperitivos, no como sustitutos.

Un cristiano saludable juzgará los escritos de todo autor humano por la infalible Palabra de Dios

Este hombre dice como Isaías: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20).

El que no hable conforme a la Escritura es porque la luz de la gloria de Dios no ha iluminado aún su entendimiento. Es con ese criterio que debemos evaluar todo lo que leamos fuera de las Sagradas Escrituras:

“No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1Ts. 5:19-22).

No todo debe ser menospreciado, pero todo debe ser examinado, y de algunas cosas debemos abstenernos (vers. 22).

Un cristiano saludable hará uso de los dones que Cristo ha dado a Su iglesia, a través de las páginas escritas cuándo éstos estén providencialmente disponibles

Pablo dice en Ef. 4:11 que el mismo constituyó pastores y maestros para beneficio de los creyentes. Esos dones son de la Iglesia, para el beneficio de todos los creyentes (comp. 1Cor. 3:21ss).

Hoy podemos beneficiarnos de aquellos grandes hombres que a lo largo de la historia de la Iglesia han sido grandemente usados por Dios (Agustín, Calvino, Edwards, Owen, Bunyan, Spurgeon).

Hasta el último momento de su vida Pablo quiso seguir adquiriendo conocimiento (comp. 2Tim. 4:6, 9-13); él sabía que debía amar a Dios con toda su mente, sin importar la edad.

Tyndale, a punto de ser martirizado, escribió una carta muy similar; pedía un gorro de lana por el frío, pero pedía también sus manuscritos del AT y el NT, su gramática y su diccionario.

Un cristiano saludable buscará establecer una dieta regular y balanceada de lectura

Muchos de los nutrientes que necesitamos no se encuentran almacenados en nuestros cuerpos. Esos nutrientes están siendo consumidos constantemente, por así decirlo, a través de nuestros procesos corporales. Si tales nutrientes no son continuamente reemplazados, eventualmente sufriremos las consecuencias.

Es por eso que en nuestra dieta debe haber regularidad y balance. No podemos decir, por ejemplo: “Enero será el mes de los minerales, febrero el de los carbohidratos, marzo el de las proteínas, etc.”. Eso no funciona así. Y ese mismo principio se aplica en la vida espiritual.

¿Qué constituye esa dieta regular y balanceada? Notemos que la Palabra de Dios viene a nosotros de diversas formas: historia, biografías, poesía, doctrina, deberes, promesas, etc. Es multiforme y multi intencional:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2Tim. 3:16-17).

Algunos pasajes serán para corregirnos, otros para instruirnos, etc. Tomando esto como un patrón, debemos decir que el cristiano saludable no lee únicamente historia, o biografías, o teología, o libros devocionales, etc. Dios no se limitó a una sola forma literaria y a una sola intención; nosotros tampoco debemos limitarnos en ese sentido.

Un cristiano saludable buscará establecer u programa de lectura realista, moderado y consistente

Al hablar de un programa realista nos referimos a uno que toma en cuenta la variedad de responsabilidades que tenemos (como hijos de Dios, como esposos - 1P. 3:7; como padres de familia - 1Tim. 5:4, 8; etc.). Si no somos realistas pronto nos desanimaremos. También debemos tomar en cuenta nuestra condición actual (si no tenemos el hábito de correr diariamente no comencemos con 8 Km.).

Pero también debemos ser consistentes. El fruto del Espíritu comienza con amor y termina con auto-control. Esto incluye el manejo de nuestro tiempo.

Un cristiano saludable modificará su programa de lectura cuando, por alguna razón providencial sea necesario hacerlo

Es útil hacer un plan, tanto para la lectura de la Biblia como para la lectura de otros libros; pero es posible que tengamos que variar ese plan debido a circunstancias inesperadas que llegarán a nuestras vidas por la providencia de Dios.

En esos momentos debemos recordar que los planes de lectura no están escritos en piedra. Tal vez en nuestro plan de lectura teníamos pautado leer La Predestinación, de Loraine Boettner en el mes de marzo; pero al llegar a ese mes notamos algo de frialdad en nuestros corazones; tal vez nos conviene más leer El Alma en Busca de Dios, de R. C. Sproul.

Habiendo dicho esto, es necesario advertir que debemos cuidarnos de la indisciplina y de ceder a los deseos del corazón. Algunos libros no son de fácil de lectura; si nos llevamos de nuestros deseos y de la inclinación de nuestros corazones nunca los leeremos.

El conocimiento del Bien y el Mal.. que ocurrio en el EDEN?!


"Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada".

AUNQUE creados inocentes y santos, nuestros primeros padres no fueron puestos fuera de la posibilidad de obrar mal. Dios podía haberlos creado de modo que no pudieran faltar a sus requerimientos, pero en ese caso su carácter no se habría desarrollado su servicio no hubiera sido voluntario, sino forzado. Les dio, por lo tanto, la facultad de escoger, de someterse o no a la obediencia. Y antes que ellos recibieran en su plenitud las bendiciones que él deseaba impartirles, debían ser probados su amor y su lealtad.

En el huerto del Edén se hallaba "el árbol de la ciencia del bien y del mal. . . Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás"*. Dios quería que Adán y Eva no conocieran el mal. El conocimiento del mal -del pecado y sus resultados, del trabajo cansador, de la preocupación ansiosa, del descorazonamiento y la pena, del dolor y la muerte-, les fue evitado por amor.

Mientras Dios buscaba el bien del hombre, Satanás buscaba su ruina. Cuando Eva, al desobedecer la advertencia del Señor en cuanto al árbol prohibido, se atrevió a acercarse a él, se puso en contacto con el enemigo. Una vez que se despertaron su interés y su curiosidad, Satanás procedió a negar la palabra de Dios, y a insinuar desconfianza en su sabiduría y bondad. A la declaración de la mujer con respecto al árbol de la ciencia: "Dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis", el tentador respondió: "No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal".*

Satanás deseaba hacer creer que este conocimiento del bien mezclado con el mal sería una bendición, y que al prohibirles que tomasen del fruto del árbol Dios los privaba de un gran bien. Argüía que Dios les había prohibido probarlo a causa de las maravillosas propiedades que tenía para impartir sabiduría y poder, que de ese modo trataba de impedir que alcanzaran un desarrollo más noble y hallasen mayor felicidad. Declaró que él había comido del fruto prohibido y que el resultado había sido la adquisición de la facultad de hablar, y que si ellos también comían de ese árbol alcanzarían una esfera más elevada de existencia, y entrarían en un campo más vasto de conocimiento.

Aunque Satanás decía haber recibido mucho bien por haber comido del fruto prohibido, ocultó el hecho de que a causa de la transgresión había sido arrojado del cielo. Esa mentira estaba de tal modo escondida bajo una apariencia de verdad, que Eva, infatuada, halagada y hechizada, no descubrió el engaño. Codició lo que Dios había prohibido; desconfió de su sabiduría. Echó a un lado la fe, la llave del conocimiento.

Cuando Eva vio que "el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría. . . tomó de su fruto, y comió". Era de sabor agradable, y a medida que comía, le parecía sentir un poder vivificador y se imaginó que penetraba en un estado superior de existencia. Una vez que hubo pecado, se transformó en tentadora de su esposo "el cual comió así como ella".*

"Serán abiertos vuestros ojos", había dicho el enemigo; "y seréis como Dios, sabiendo el bien y el Mal".* Fueron abiertos ciertamente sus ojos, pero ¡cuán triste fue esa apertura! Todo lo que ganaron los transgresores fue el conocimiento del mal, la maldición del pecado. En la fruta no había nada venenoso y el pecado no consistía meramente en ceder al apetito. La desconfianza en la bondad de Dios, la falta de fe en su palabra, el rechazamiento de su autoridad, fue lo que convirtió a nuestros primeros padres en transgresores, e introdujo en el mundo el conocimiento del mal. Eso fue lo que abrió la puerta a toda clase de mentiras y errores.

El hombre perdió todo porque prefirió oír al engañador en vez de escuchar a Aquel que es la Verdad, el único que tiene entendimiento. Al mezclarse el mal con el bien, su mente se tornó confusa, y se entorpecieron sus facultades mentales y espirituales. Ya no pudo apreciar el bien que Dios le había otorgado tan generosamente.

Adán y Eva habían escogido el conocimiento del mal, y si alguna vez habían de recobrar la posición perdida, tenían que hacerlo en las condiciones desfavorables que ellos mismos se habían creado. Ya no habían de morar en el Edén, porque éste, en su perfección, no podía enseñarles las lecciones que les eran esenciales desde entonces. Con indescriptible tristeza se despidieron del hermoso lugar, y fueron a morar en la tierra, sobre la cual descansaba la maldición del pecado.

Dios había dicho a Adán: "Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás".*

Aunque la tierra estaba marchita por la maldición, la naturaleza debía seguir siendo el libro de texto del hombre. Ya no podía representar bondad solamente porque el mal estaba presente en todas partes y arruinaba la tierra, el mar y el aire con su contacto contaminador. Donde antes había estado escrito únicamente el carácter de Dios, el conocimiento del bien, estaba también escrito ahora el carácter de Satanás, el conocimiento del mal. El hombre debía recibir amonestaciones de la naturaleza, que ahora revelaba el conocimiento del bien y del mal, referentes a los resultados del pecado.

En las flores mustias, y la caída de las hojas, Adán y su compañera vieron los primeros signos de decadencia. Fue presentada con vividez ante su mente la dura realidad de que todo lo viviente debía morir. Hasta el aire, del cual dependía su vida, llevaba los gérmenes de la muerte.

También se les recordaba de continuo la pérdida de su dominio. Adán había sido rey de los seres inferiores, y mientras permaneció fiel a Dios, toda la naturaleza reconoció su gobierno, pero cuando pecó, perdió su derecho al dominio. El espíritu de rebelión, al cual él mismo había dado entrada, se extendió a toda la creación animal. De ese modo, no sólo la vida del hombre, sino la naturaleza de las bestias, los árboles del bosque, el pasto del campo, hasta el aire que respiraba, hablaban de la triste lección del conocimiento del mal.

Sin embargo, el hombre no fue abandonado a los resultados del mal que había escogido. En la sentencia pronunciada contra Satanás se insinuó la redención. "Y pondré enemistad entre ti y la mujer", dijo Dios, "y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar".* Esta sentencia pronunciada a oídos de nuestros primeros padres, fue para ellos una promesa. Antes que oyesen hablar de las espinas y cardos, del trabajo rudo y del dolor que les habían de tocar en suerte, o del polvo al cual debían volver, oyeron palabras que no podían dejar de infundirles esperanza. Todo lo que se había perdido al ceder a las insinuaciones de Satanás se podía recuperar por medio de Cristo.

La naturaleza nos repite también esta indicación. Aunque está manchada por el pecado, no sólo habla de la creación, sino también de la redención. Aunque, por los signos evidentes de decadencia, la tierra da testimonio de la maldición que pesa sobre ella, es aún hermosa y rica en señales del poder vivificador. Los árboles se despojan de sus hojas sólo para vestirse de nuevo verdor; las flores mueren, para brotar con nueva belleza; y en cada manifestación del poder creador se afirma la seguridad de que podemos ser creados de nuevo en "justicia y santidad de la verdad".* De ese modo, los mismos objetos y las funciones de la naturaleza, que tan vívidamente nos recuerdan nuestra gran pérdida, llegan a ser para nosotros mensajeros de esperanza.

Por doquiera llegue la maldad, se oye la voz de nuestro Padre que muestra a sus hijos, por sus resultados, la naturaleza del pecado, les aconseja que abandonen el mal, y los invita a recibir el bien.

Que significa atar y desatar en la BIBLIA


Una reexaminación de cómo la Biblia conecta los términos “atar” y “desatar” a los papeles únicos de los apóstoles en fundar la iglesia le ayudará a determinar si los creyentes deben o no deben atar a Satanás.

Jesús les dio autoridad a los apóstoles para atar y desatar cosas en la tierra. En Mateo 16:18-19 Jesús dice, “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Yo a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos”.

Después dijo esencialmente la misma cosa a los demás apóstoles (18:18). Efesios 2:20 nos dice que la iglesia es “[edificada] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”.

El ministerio de los apóstoles fue fundacional – ellos constituyeron la autoridad y formación del ministerio entre la iglesia primaria dirigido por el Espíritu Santo. Hay un ejemplo de eso en Hechos 15, en donde los apóstoles y ancianos de la iglesia trabajaron en tal vez el más significante problema que ellos hasta ese momento habían tenido.

Algunas personas asociadas con la iglesia clamaban que la circuncisión era un requisito para la salvación. La decisión de los apóstoles contra esta posición vino a ser una atadura sobre todas las iglesias (Hechos 15:22-31). El Espíritu Santo orquestó su decisión de acuerdo a la voluntad de Dios (v. 28).

Después que Dios mandó a sus discípulos a recibir el Espíritu Santo en Juan 20:22, les dijo, “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (v. 23). No les estaba dando el poder de perdonar pecados – solamente nuestro Señor Jesucristo puede hacer eso (Marcos 2:7-10; Hechos 4:12). Sino, les dio la autoridad para declarar lo que Dios ya había hecho en el cielo (cp. Mateo 6:10).

Jesús les dio a los apóstoles la autoridad de atar y desatar – hablar y actuar bajo la autoridad de Dios – como los representantes fundacionales de la iglesia. Ellos no actuaron arbitrariamente, ni operaron aparte del Espíritu Santo (Hechos 2:42-47; 4:28-33).

Algunos aplican mal esa enseñanza para incluir la atadura de Satanás. No hay un mandamiento en la Escritura que habla de atar a Satanás, ni hay un ejemplo bíblico de esta práctica. Satanás permanece como el “príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2) hasta que sea encadenado (por un ángel, no por un ser humano) durante el reino del milenio de Cristo (Apocalipsis 20: 1-3). Los discípulos echaron fuera demonios, pero nunca los ataron ni ataron a Satanás.

miércoles, 14 de julio de 2010

EL PODER EL ESPIRITU SANTO EN LA PREDICACION

Debo decir de entrada que este es uno de los elementos más misteriosos de la predicación. No siempre percibimos al predicar el mismo grado de asistencia por parte del Espíritu de Dios.

En ocasiones experimentamos una libertad inusual mientras predicamos: las ideas brotan de nuestras mentes a borbotones, estamos realmente atrapados por el mensaje que proclamamos, y sobre todo nos inunda un deseo genuino y ferviente de que Dios sea glorificado, que nuestro Señor Jesucristo sea exaltado, y las almas de nuestros hermanos edificadas.

Algunos le llaman a esto unción, otros la presencia especial del Espíritu de Dios, libertad en el Espíritu. Pero llámele como le llame, el punto es que todo predicador quisiera tenerlo cada vez que predica; pero no siempre es así, o al menos, no siempre tenemos la misma conciencia de esa capacitación divina.

¡Y cuánto necesitamos de esa gracia si queremos predicar eficazmente! Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para ministrar eficazmente la Palabra de Dios.

Eso lo vemos claramente en el ministerio de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo (comp. Is. 61:1-2; Lc. 3:21-22; 4:14-15, 18, 21-22), así como en el de los apóstoles. El Señor estableció desde el inicio de sus ministerios la necesidad de la asistencia del Espíritu de Dios para la labor que se les había encomendado (comp. Lc. 24:49; Hch. 1:8).

Independientemente de cómo interpretemos esta venida del Espíritu Santo y sus resultados permanentes, hay algo obvio en el texto y es que la labor de llevar el evangelio desde Jerusalén hasta los confines de la tierra requería la capacitación del Espíritu de Dios (comp. Hch. 4:8, 31).

Fue la obra del Espíritu en ellos que les permitió predicar la Palabra con valor y con un poder especial de convicción (comp. 2Cor. 2:1-5; 1Ts. 1:4-5).

Pablo predicó el mensaje, dijo las palabras apropiadas, pero mientras lo hacía estaba consciente de la obra del Espíritu Santo a través de su predicación.

Veamos primeramente cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar. Debo reconocer para que lo que voy a presentar a continuación he recibido una profunda influencia de un sermón de Spurgeon titulado: El Espíritu Santo en conexión con nuestro ministerio, así como un sermón de Albert Martin sobre la agencia y operaciones inmediatas del Espíritu Santo sobre el predicador en el acto de la predicación que escuché hace unos años en una conferencia pastoral.

A. Cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar:

Primeramente, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo como Espíritu de conocimiento que guía a la verdad. En Jn. 16:13 el Señor Jesucristo se refiere al Espíritu Santo como “el Espíritu de verdad” que guía a la verdad. El Espíritu Santo no solo es aquel que inspiró las Sagradas Escrituras, sino también aquel que ilumina el entendimiento de los creyentes para que entiendan las Escrituras.

Cuando hablamos de iluminación nos referimos a la obra del Espíritu Santo que abre nuestros ojos espirituales para que podamos comprender el significado de la Palabra de Dios (comp. Sal. 119:18, 33-34). En Lc. 24:45 encontramos un buen ejemplo de esta obra iluminadora.

Es de suprema importancia que distingamos entre el concepto de iluminación y los conceptos de revelación e inspiración porque no son iguales. Revelación: es el acto mediante el cual Dios da a conocer lo que no podría saberse de otra manera. Inspiración: es el vehículo mediante el cual llegó al hombre la revelación especial de Dios.

Dios no revela nada nuevo al predicador, ni lo inspira, en el sentido en que hemos explicado estos conceptos, pero sí lo ayuda en su proceso de estudio para desentrañar el significado de las Escrituras y comprender sus implicaciones. Ahora, noten que he dicho que lo ayuda en su estudio.

Como bien ha dicho alguien: “La iluminación no elimina la necesidad de estudiar diligentemente la Biblia” (2Tim. 2:7, 15). “El intérprete bíblico no puede esperar que le caiga un relámpago encima. Debe estudiar, leer y luchar para colocarse en posición de recibir la iluminación del Espíritu. No basta abrir la boca y esperar que Dios la llene el domingo a las once de la mañana” (cit. por MacArthur; Predicación Expositiva; pg. 129).

Y Martin Lloyd-Jones dice: “La preparación cuidadosa, y la unción del Espíritu Santo, no deben ser tomadas nunca como alternativas sino más bien como complementarias… Estas dos cosas deben ir juntas” (Preaching and Preachers; pg. 304).

Pero no solo necesitamos la ayuda del Espíritu Santo como Espíritu de conocimiento que guía a la verdad, sino también como Espíritu de sabiduría que nos enseña cómo hacer un buen uso de la verdad. Una vez hemos desentrañado el significado del texto, todavía tenemos mucho trabajo por delante.

Debemos decidir cómo vamos a presentarlo a la congregación, cómo vamos a estructurar el sermón, cuál será el énfasis, cómo podemos dar el balance apropiado a las verdades que serán impartidas.

Pero una vez hemos concluido con el estudio del texto y tenemos el sermón debidamente preparado y estructurado, ahora necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para tener libertad en la entrega del mismo.

He aquí algunas manifestaciones de esa operación del Espíritu de Dios en el momento en que estamos predicando, y me voy a limitar a citarlas y a dar algunos breves comentarios al respecto:

En primer lugar, un elevado y perceptible sentido de las realidades espirituales con las cuales traficamos mientras predicamos:

“Has estado sentado en tu escritorio con una actitud de oración… Luego estás delante del pueblo de Dios y mientras predicas aquellas verdades que te atraparon el corazón en tu estudio comienzan a dominarte. El gozo, el consuelo, el dolor, todo aquello que sentiste en el estudio lo empiezas a experimentar de manera incrementada”.

En segundo lugar, la bendita experiencia de una libertad sin cadenas y una elevada facultad de expresión (Hch. 4:29; Ef. 6:18-20).

En tercer lugar, un corazón ensanchado cubierto con medidas incrementadas de amor no fingido que procura el bien de aquellos que te escuchan (comp. 1Cor. 13:1). “Piensas en tu gente mientras te preparas. Piensas en ilustraciones y aplicaciones. Pero cuando estás frente a ellos y revives eso que sentiste en el estudio, entonces hablarás a sus almas con este amor del que hablamos” (comp. 2Cor. 6:11).

Y en cuarto lugar, un elevado sentido de la absoluta autoridad de las Escrituras.

Estas son algunas manifestaciones de la operación del Espíritu de Dios ayudando al predicador en el acto mismo de la predicación. ¿Podríamos ministrar eficazmente a las almas si carecemos de algunas de estas cosas? Por supuesto que no.

Y ninguna de ellas crece naturalmente en el terreno de nuestro corazón. El Espíritu de Dios debe obrar en nosotros estas cosas o de lo contrario nos lanzaremos a la arena del púlpito en nuestras propias fuerzas y nuestra ministración no hará ningún bien a nadie.

Pero aún hay algo más, y es que dependemos enteramente del Espíritu de Dios para que nuestra predicación obre eficazmente en aquellos que la escuchan.

Hasta ahora hemos hablado de la obra del Espíritu en nosotros para que podamos predicar eficazmente, pero ahora el Espíritu de Dios debe aplicar esa palabra que nuestros oyentes han recibido y aplicarlas con poder en sus corazones conforme a la necesidad de cada uno.

El Señor Jesucristo se define a Sí mismo en Ap. 2:1 como aquel “que anda en medio de los siete candeleros de oro”. Él ha prometido manifestar Su presencia donde estén dos o tres congregados en Su nombre. Y a través de Su Espíritu va aplicando la Palabra en los corazones de cada uno mientras Sus siervos predican.

Habiendo considerado cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar, veamos ahora en segundo lugar…

B. Qué cosas pueden impedir que recibamos Su ayuda:

Pero antes de considerar este tema debo recordar que el Espíritu Santo es una persona divina, y por lo tanto, que Él es soberano al repartir Sus dones y manifestar Su poder en nosotros. Hablando del tema de los dones, el apóstol Pablo nos dice en 1Cor. 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”.

Debemos tener cuidado de no amarrar al Espíritu de Dios a ciertas reglas particulares: “Si haces esto y esto y esto el Espíritu hará esto”. No. Él es soberano, y en ese sentido no es predecible.

No obstante, eso no quiere decir que el Espíritu de Dios sea caprichoso. Aunque hay un misterio envuelto en Su obra, podemos identificar algunos patrones que suelen estar presentes cuando Su agencia inmediata es refrenada o disminuida.

En primer lugar, cuando el predicador mismo no considera la ayuda del Espíritu como indispensable.

Una de las cosas que más llama mi atención en la vida del apóstol Pablo es su manifiesta dependencia en Dios. Constantemente pedía a las iglesias que oraran por él para que Dios bendijera su ministerio.

Pablo no confiaba en su experiencia o conocimiento. Su confianza descansaba enteramente en la ayuda de Dios. Pero algunos predicadores pueden caer en la trampa de sentirse seguros por el tiempo que tienen ministrando la Palabra de Dios, y esa confianza carnal puede ser la causa de que el Espíritu de Dios haya disminuido Su presencia en el ministerio de ese hombre.

Dios quiere que dependamos de Él, por la sencilla razón de que Él conoce cuán inútiles somos sin Él. Por eso nos deja solos cuando intentamos hacer las cosas en nuestras propias fuerzas, para que veamos en la práctica que separados de Él nada podemos hacer. El Señor resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.

En segundo lugar, Su agencia inmediata es refrenada o disminuida cuando es contristado por el predicador (comp. Ef. 4:30).

Recuerden que el Espíritu Santo es una persona divina, y las personas reaccionan ante ciertas situaciones. Una esposa contristada es una esposa restringida. Cuando son entristecidas por nuestra rudeza o desconsideración, o porque estamos tan envueltos en mil cosas que nos hemos olvidado de ellas, nuestras esposas se retraen.

Pues el Espíritu Santo es una persona y se entristece por causa de nosotros; y cuando eso ocurre se retrae. En el contexto de Ef. 4:30 vemos que eso suele ocurrir en el contexto de patrones conductuales pecaminosos que no han sido debidamente tratados (comp. vers. 25-32).

Otra cosa más que contrista al Espíritu de Dios es nuestra pereza en el desempeño de nuestra labor ministerial. “Si Él es el Espíritu de verdad, de seguro se contrista cuando somos perezosos y descuidados en nuestro manejo de la verdad; cuando venimos delante de la gente sin habernos preparado para decir con confianza: ‘Esto es lo que Dios dice y esto es lo quiere decir’. Luego de una exégesis de mala clase y una construcción descuidada del sermón, ¿vas a pedir al Espíritu que te de Su asistencia especial y bendiga el fruto de tu mal trabajo? Él se contrista cuando lo que llevamos al púlpito no es el fruto de un arduo trabajo y esfuerzo”.

Espero que estas ideas sean de ayuda, sobre todo a aquellos que tienen la sagrada tarea de predicar públicamente la Palabra de Dios para la salvación de los pecadores y la alimentación espiritual de los creyentes.

Los Yugos Desiguales: EL CREYENTE ES EL QUE CAMBIA..Que dice la Biblia


Al principio el cónyuge no creyente no se opondrá abiertamente; pero cuando se presenta la verdad bíblica a su atención y consideración, surge en seguida el sentimiento: "Te casaste conmigo sabiendo lo que era, y no quiero que se me moleste. De ahora en adelante quede bien entendido que la conversación sobre tus opiniones particulares queda prohibida." Si el cónyuge creyente manifiesta algún fervor especial respecto de su propia fe, ello puede ser interpretado como falta de bondad hacia el que no tiene interés en la experiencia cristiana.

El cónyuge creyente razona que, dada su nueva relación, debe conceder algo al compañero que ha elegido. Asiste a diversiones sociales y mundanas. Al principio lo hace de muy mala gana; pero el interés por la verdad disminuye, y la fe se trueca en duda e incredulidad. Nadie habría sospechado que esa persona que antes era un creyente firme y concienzudo que seguía devotamente a Cristo, pudiese llegar a ser la persona vacilante y llena de dudas que es ahora. ¡Oh, qué cambio realizó ese casamiento imprudente!*

Es algo peligroso aliarse con el mundo. Satanás sabe muy bien que la hora del casamiento de muchos jóvenes, tanto de un sexo como del otro, cierra la historia de su experiencia religiosa y de su utilidad. Quedan perdidos para Cristo. Tal vez hagan durante un tiempo un esfuerzo para vivir una vida cristiana; pero todas sus luchas se estrellan contra una constante influencia en la dirección opuesta. Hubo un tiempo en que era para ellos un privilegio y un gozo hablar de su fe y esperanza; pero llegan a no tener deseo de mencionar el asunto, sabiendo que la persona a la cual ha ligado su destino no se interesa en ello. Como resultado, la fe en la preciosa verdad muere en el corazón, y Satanás teje insidiosamente en derredor de ellos una tela de escepticismo.*

Es arriesgar el cielo.-

"¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de concierto?" "Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, le será hecho por mi Padre que está en los cielos." ¡Pero cuán extraño es el espectáculo! Mientras una de las personas tan íntimamente unidas se dedica ala oración, la otra permanece indiferente y descuidada; mientras una busca el camino que lleva al cielo y a la vida eterna, la otra se encuentra en el camino anchuroso que lleva a la muerte.

Centenares de personas han sacrificado a Cristo y el cielo al casarse con personas inconversas. ¿Pueden conceder tan poco valor al amor y a la comunión de Cristo que prefieren la compañía de pobres mortales? ¿estiman tan poco el cielo que están dispuestos a arriesgar sus goces uniéndose con una persona que no ama al precioso Salvador?-*

Unirse con un incrédulo es ponerse en el terreno de Satanás. Ud. agravia al Espíritu de Dios y pierde el derecho a su protección. ¿Puede Ud. incurrir en tales desventajas mientras pelea la batalla por la vida eterna?-*

Pregúntese: "¿Apartará un esposo incrédulo mis pensamientos de Jesús? ¿Ama los placeres más que a Dios? ¿No me inducirá a disfrutar las cosas en que él se goza? La senda que conduce a la vida eterna es penosa y escarpada. No tome sobre sí pesos adicionales que retarden su progreso.

*

Un hogar siempre con sombras.-

El corazón anhela amor humano, pero este amor no es bastante fuerte, ni puro ni precioso para reemplazar el amor de Jesús. Unicamente en su Salvador puede la esposa hallar sabiduría, fuerza y gracia para hacer frente a los cuidados, responsabilidades y pesares de la vida. Ella debe hacer de él su fuerza y guía. Dése la mujer a Cristo antes que darse a otro amigo terrenal, y, no forme ninguna relación que contraríe esto. Los, que quieren disfrutar verdadera felicidad deben tener la bendición del cielo sobre todo lo que poseen, y sobre todo lo que hacen. Es la desobediencia a Dios la que llena tantos corazones y hogares de infortunio. Hermana mía, a menos que quiera tener un hogar del que nunca se levanten las sombras, no se una con un enemigo de Dios.*

El razonamiento del cristiano.-

¿Qué debe hacer todo creyente cuando se encuentra en esa penosa situación que prueba la integridad de los principios religiosos? Con firmeza digna de imitación debe decir francamente: "Soy cristiano a conciencia. Creo que el séptimo día de la semana es el día de reposo bíblico. Nuestra fe y principios son tales que van en direcciones opuestas. No podemos ser felices juntos, porque si yo sigo adelante para adquirir un conocimiento más perfecto de la voluntad de Dios, llegaré a ser más diferente del mundo y semejante a Cristo. Si Ud. continúa no viendo hermosura en Cristo ni atractivos en la verdad, amará al mundo, al cual yo no puedo amar, mientras yo amaré las cosas de Dios que Ud. no puede amar. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente.

Sin discernimiento espiritual Ud. no podrá ver los derechos que Dios tiene sobre mí, ni podrá comprender mis obligaciones hacia el Maestro a quien sirvo; por lo tanto le parecerá que yo le descuido por los seres religiosos. Ud. no será feliz; sentirá celos por el afecto que entrego a Dios; y yo igualmente me sentiré aislado por mis creencias religiosas. Cuando sus opiniones cambien, cuando Ud. responda a las exigencias de Dios y aprenda a amar a mi Salvador, podremos reanudar nuestras relaciones."

El creyente hace así por Cristo un sacrificio que su conciencia aprueba, y demuestra que aprecia demasiado la vida eterna para correr el riesgo de perderla. Siente que sería mejor permanecer soltero que ligar sus intereses para toda la vida a una persona que prefiere el mundo a Cristo, y que le apartaría de su cruz.*

Una alianza matrimonial segura.-

Sólo en Cristo puede formarse una unión matrimonial feliz. El amor humano debe fundar sus más estrechos lazos en el amor divino. Sólo donde reina Cristo puede haber cariño profundo, fiel y abnegado.*

Cuando uno de los cónyuges se convierte.-

El que contrajo matrimonio antes de convertirse tiene después de su conversión mayor obligación de ser fiel a su cónyuge, por mucho que difieran en sus convicciones religiosas. Sin embargo, las exigencias del Señor deben estar por encima de toda relación terrenal, aunque como resultado vengan pruebas y persecuciones. Manifestada en un espíritu de amor y mansedumbre, esta fidelidad puede influir para ganar al cónyuge incrédulo.*

martes, 13 de julio de 2010

el intelecto en la adoracion!


Estoy consciente de que algunas cosas no pueden ser analizadas sin que se pierda algo de su esencia; por ejemplo, analizar una poesía no resulta muy poético. Y algunos pueden pensar que lo mismo ocurre si intentamos analizar todos los componentes de nuestra personalidad que entran en juego en la adoración.

Sin embargo, dada la enorme importancia de la adoración en la vida del cristiano, y dado el peligro que todos corremos de adorar a Dios en vano (como nos advierte el Señor en Mt. 15:7-9), creo que el análisis debe ser hecho a pesar del riesgo. Y eso es lo que pretendo hacer en estas próximas entradas, comenzando con nuestra involucración intelectual en la adoración.

Alguien dijo una vez, y con muchísima razón, que “Toda experiencia espiritual comienza en la mente”. Para que una experiencia espiritual sea genuina debe estar enraizada en la verdad, debe ser una respuesta a la verdad de Dios revelada; y la verdad es entendida y asimilada con la mente.

Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza, como un ser personal, para poder tener con él una relación personal, y eso incluye nuestra capacidad de razonamiento.

El problema es que el hombre no permaneció en la condición original en que fue creado. La caída trastornó radicalmente la personalidad humana, de tal manera que todas nuestras facultades fueron afectadas, incluyendo nuestro entendimiento.

Pablo dice en 2Cor. 4:4 que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”.

Es tal la ceguera espiritual del hombre que se requiere de una obra de la gracia de Dios iluminando su mente, para que sea capaz de obtener ese entendimiento del evangelio que guía a la salvación. Sigue diciendo Pablo en el vers. 6: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2Cor. 4:6).

La luz de Dios debe iluminar nuestro entendimiento, para que podamos ver Su gloria en la faz de Jesucristo. Y esa obra de iluminación la lleva a cabo el Espíritu de Dios usando la verdad revelada como instrumento (comp. 2Ts. 2:13; 1P. 1:22-25).

Pues así como el entendimiento de la verdad jugó un papel protagónico en nuestra conversión, así es también en la adoración. En la verdadera adoración la facultad del entendimiento tiene la supremacía, como vemos claramente en las palabras del Señor a la mujer samaritana, en Jn. 4:23-24. “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

Hay adoradores verdaderos y hay adoradores falsos, esa es la implicación; y lo que distingue a unos de otros es que los verdaderos adoradores adoran en espíritu y en verdad, involucrando su ser interior en la recepción, entendimiento y meditación de la verdad. La adoración falsa, en cambio, apela primariamente a lo externo y a lo sensorial, minimizando o dejando de lado el entendimiento.

Es por eso que no podemos hacer de nuestra respuesta emocional el estándar primario de juicio para decidir qué hacer y qué no hacer en nuestra adoración a Dios. Lo importante primariamente no es lo que siento, lo que me agrada, lo que apela a mis sentidos. No.

Aunque nuestras emociones deben estar involucradas en la adoración, siempre deben estar subordinadas y gobernadas por el entendimiento, no al revés, porque la adoración gira en torno a la verdad de Dios revelada en Su Palabra. A mayor comprensión de estas verdades, mayor capacidad de adoración.

Herbert Carson dice al respecto: “... aunque los jóvenes convertidos pueden adorar verdaderamente a Dios con los primeros destellos de entendimiento espiritual, al mismo tiempo una experiencia de adoración más profunda estará ligada a un entendimiento más profundo. Mientras más conocemos el carácter de Dios, Sus propósitos y Sus deseos, más capaces seremos de responder a Sus obras”.

Consecuentemente, lo primero que debemos evaluar en un culto de adoración es la centralidad de la verdad de Dios en todo lo que se hace. Se adora en la misma medida en que la verdad de Dios es proclamada y entendida y en la medida en que nosotros respondemos apropiadamente a ella.

Pensemos en los himnos, por ejemplo. La calidad poética de los himnos es importante – si no fuera así nos contentaríamos con proclamar la verdad en prosa – como también es importante la melodía que lo acompaña; pero el estándar final para juzgar un himno es el contenido de verdad que posee.

Su calidad poética y su melodía pueden contribuir a que recibamos la verdad que el himno proclama con más claridad y fuerza, y en una forma más memorable, más fácil de recordar. Pero la calidad poética y la melodía de un himno de adoración, no son un fin en sí mismos; son un vehículo para lograr un fin. ¿Cuál es ese fin? La proclamación más efectiva de la verdad.

Ése es el énfasis de Pablo en las dos referencias al canto que encontramos en sus epístolas: “La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Col. 3:16).

Pablo nos exhorta a procurar una morada abundante de la Palabra en nuestros corazones, y luego añade tres participios que expresan la manera como eso será posible: enseñándonos y exhortándonos unos a otros cantando. En otras palabras, al cantar debemos enseñarnos y exhortarnos.

Así que al participar del culto público debemos hacerlo con la conciencia de que, a la vez que estamos exaltando a Dios y dándole gloria, estamos enseñando, redarguyendo, corrigiendo e instruyendo a nuestros hermanos en la fe a través de los himnos que cantamos. Pero eso sólo puede ser llevado a cabo con himnos que sean teológicamente sanos y ricos en contenido bíblico.

Leí recientemente de un himnario que se titula: “Cantemos la Biblia”; no conozco esa obra y no sé si sus himnos son recomendables, pero este título resume la idea que estamos tratando de transmitir.

La tabla principal de evaluación para escoger los himnos que vamos a usar en el culto público son las verdades bíblicas que esos himnos expresan o reflejan; esa no es la única tabla de evaluación, pero debe ser la principal. Por supuesto, eso demanda de nosotros un esfuerzo mental consciente mientras participamos de los cantos en la iglesia, lo mismo que durante la predicación de la Palabra.

Verdad que no es entendida y meditada, verdad que no es aprovechada. Y sin esa obra de la verdad en nuestros corazones no puede haber adoración en el verdadero sentido de ese término. Tan pronto apagas tu mente en el culto, apagas el generador de la verdadera adoración.

Así que no exageramos al decir que “Toda experiencia espiritual comienza en la mente”. La facultad del entendimiento es la ventana a través de la cual nuestro ser interior es iluminado con la gloria de Dios, para que entonces podamos adorarle “en espíritu y en verdad”.